Revolución de octubre

TODO comenzó el 27 de octubre, cuando dos adolescentes de los arrabales de París murieron accidentalmente mientras escapaban de la policía. Esas muertes desencadenaron una ola de levantamientos en sectores suburbanos de la capital francesa, sobre todo en municipios poblados mayormente por inmigrantes de origen magrebí.

Por lo visto sólo se necesitaba una chispa para que la inestabilidad social de esas zonas —famosas por su peligrosidad— se convirtiera en un volcán que provocó cientos de heridos, violentos choques con las fuerzas del orden y cientos de detenidos, a todo lo cual se sumó —como dato persistente y espectacular— la quema de edificios y de varios miles de automóviles por parte de grupos juveniles que durante casi tres semanas han mantenido su agresividad nocturna en las calles de ese cinturón urbano.

ANALISTAS de variado origen han estado indagando en el fenómeno, que sobresaltó a la opinión pública no sólo francesa, ya que calificados observadores de países vecinos, como Italia, consideran que el foco de insurgencia que se encendió en París podría contagiarse inevitablemente a otras naciones de la Unión Europea tan impregnadas de inmigrantes como la propia Francia. La violenta movilización que alguien calificó de "intifada europea", ha tenido reflejos menores en Alemania y Bélgica, por el momento, ya que en la capital de esos países también hubo quema de vehículos y síntomas de agitación en las periferias urbanas pobladas por una inmigración a menudo indocumentada y en general afectada por signos de discriminación que se palpan en el mercado de trabajo y en el trato diario entre recién llegados y nativos.

LO que razonan los analistas es que el levantamiento de los alrededores de París no tiene raíz política sino un fondo alimentado por el desencanto de esas minorías, cuyas condiciones de vida suelen bordear el hacinamiento, la marginación y a veces la penuria, por no hablar de fricciones religiosas vinculadas a la presencia de 5.000.000 de musulmanes que viven hoy en Francia.

La gente que abandonó sus comarcas de origen ilusionada con los niveles de vida que podría obtener en Europa occidental, ha caído gradualmente en el chasco provocado por una realidad donde los índices de desempleo de los arrabales son dos y hasta tres veces más elevados que en barrios burgueses de París, un contraste que se repite en otras ciudades de toda la región hasta configurar un cuadro igualmente explosivo. De hecho, ese amargo desengaño ha cundido como para que los desórdenes de la capital francesa fueran extendiéndose a grandes centros provincianos como Marsella, Burdeos o Lyon, pero también a pueblos chicos, en lo que parece reflejar un resentimiento latente y hondamente afianzado en los sectores de procedencia magrebí, aunque también en las colectividades provenientes de Africa negra.

SEGURAMENTE los franceses son conscientes de que una vez encendida la chispa del descontrol, resulta previsible que ese reguero se propague velozmente, porque muchos descontentos imitan entonces el ejemplo de comportamiento que se irradia desde los focos iniciales de disturbios en la capital. Por algo el dirigente político italiano Romano Prodi, que suele opinar en niveles de sentido común y de inteligencia, sostuvo que el fenómeno francés llegará tarde o temprano a Italia, cuyas mayores ciudades (Milán, Torino, Roma) tienen según Prodi "las periferias más siniestras de toda Europa", incluidos los precarios y enormes campamentos poblados por inmigrantes ilegales, que se afincan allí a falta de viviendas. "El contagio será sólo una cuestión de tiempo" agregó el dirigente en tono sombrío.

EN los últimos días la virulencia del problema ha ido descendiendo en las cercanías de París y en otras localidades, mientras el gobierno reforzaba los controles policiales en torno a Champs Elysées adelantándose a la marcha proyectada en días pasados por miles de habitantes suburbanos, para protestar en el centro de la capital por la violencia que padecen en las zonas donde habitan. En esas zonas ya hubo algún muerto y decenas de heridos a lo largo de esta quincena de enfrentamientos, pero hubo sobre todo numerosos edificios y locales comerciales incendiados o devastados, más de 1.300 personas arrestadas y unas 300 localidades afectadas en toda la geografía francesa, por no hablar de los vehículos calcinados y las escuelas o centros comunitarios arrasados. Según se insiste en la prensa de ese país, los detonantes son la desocupación, la pobreza, el fracaso escolar y la visible marginación, como factores de una situación que padecen y comparten esos sectores furiosos lanzados a las calles.

La masa de turistas que suele llenar el centro de París fue desde un comienzo debidamente alertada, pero el gobierno ha mantenido su propio estado de alarma y la presidencia de la República ha proclamado que asegurará en el futuro la igualdad de oportunidades para todos los ciudadanos, sean del origen que sean, aunque el anuncio parezca tardío mientras una situación tan eruptiva ha provocado desde fines de octubre la adopción de medidas severísimas como freno para el desborde. Entre esas medidas figuran el estado de emergencia, el toque de queda y la amenaza de expulsar de Francia a los responsables de la insurgencia, tengan o no regularizados sus papeles. Habrá que esperar y ver.

POR el momento, los tristes incidentes en las alambradas que separan los enclaves españoles (Ceuta y Melilla) del territorio marroquí, sumados a estas llameantes eclosiones en el cinturón pobre de París, delatan el brutal problema que la inmigración sigue planteando en la Europa de hoy. Los peores desafíos de esa integración siguen por lo visto sin resolverse.

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