Jorge Abbondanza
La banda New Orleans Jazz estará de gira por Europa. El hecho no tendría mayor difusión si no fuera por el clarinete del grupo, que se llama Woody Allen. Según ha declarado ese veterano (a punto de cumplir 70 años el 1° de diciembre) la gira abarcará varios países pero culminará en la noche de fin de año con un concierto en Varsovia. El hecho permite recordar la famosa escena de Misterioso asesinato en Manhattan donde Diane Keaton lo invitaba a la Metropolitan Opera House para escuchar Tristán e Isolda y él contestaba: "Prefiero no ir. Cuando escucho a Wagner me vienen ganas de invadir Polonia". Ahora finalmente invadirá Polonia en una fecha que congregará a todos los varsovianos amantes del jazz.
Mientras desahoga sus entusiasmos musicales en esa banda, Allen prepara su próxima película. Se llamará Scoop, será filmada en Londres y tendrá a la ascendente Scarlett Johansson de protagonista. Contará la historia de una estudiante de periodismo que asiste a cursos en la capital inglesa y de paso investiga una extraña cadena de crímenes. Allí el propio Woody encarnará al padre de Scarlett, según lo ha declarado a la revista Vanity Fair, recordando que su película anterior —Match Point— ya había sido rodada en Londres, un sitio al que parece haberle tomado gusto.
En esa entrevista, Allen confesó haber aprendido poca cosa durante sus largos años en el cine y en la vida. "No profundicé mis conocimientos ni me suavicé como hubiera querido. Volvería a incurrir hoy en los mismos errores que cometí en el pasado". Al margen de los errores, Allen tuvo célebres aciertos como humorista, realizador, comediógrafo y actor, sobre todo en la apoteosis de su carrera que fueron los años 80 (Broadway Danny Rose, Zelig, La otra mujer, Hannah y sus hermanas, La rosa púrpura de El Cairo). Antes y después de esas culminaciones, su trayectoria tuvo altibajos que han dado margen para dilatadas controversias, cuestionamientos y también apologías.
Lo cierto es que no ha habido otro fabricante de comedias como él en el cine norteamericano de la postguerra, lo cual abarca medio siglo pero no es una conclusión exagerada. Eso permitió que los admiradores se ilusionaran con la presumible eternidad de su ingenio, pero la realidad ha demostrado que hay etapas en la vida, que el declive llega tarde o temprano y que Allen parece haber dejado atrás el período de fulgor de su trayectoria. En los últimos tiempos el interés promedial de sus películas ha descendido visiblemente, sin recuperar en ningún caso la altura de esplendor verbal, observación aguda, sabiduría agridulce y alcance reflexivo de sus ejercicios anteriores.
De hecho, los últimos títulos de su foja son peldaños en una escalera por la cual sus viejos incondicionales debieron bajar hacia el desencanto. Ese proceso estuvo determinado por obras como Ladrones de poca monta, La maldición del escorpión de jade, Dulce y melancólica, La vida y todo lo demás o la reciente Melinda & Melinda. Por ello resulta irreprimible una tendencia a la melancolía cuando se confronta ese crepúsculo con la mejor parte de su producción anterior, pero los años pasan para todos y no hay derecho a exigirle al director que siga intacto a esta altura de la vida, cuando su cómica hipocondría del pasado se ha convertido en algo cercano a la paranoia, empantanándolo en unas obsesiones temáticas ya desgastadas. Le queda el clarinete como alternativa.