M. A. M.
Es notable la forma como el fútbol puede modificar la actitud de una multitud de 60 mil personas concentradas en las tribunas de un estadio. Cómo el rugir de esas miles de gargantas pueden pasar del peor de los insultos al mayor de los elogios, del hiriente "andate" al exultante "vamo arriba".
Que lo diga, Recoba.
No hace ni un año que fue el jugador más silbado, denostado y odiado de la celeste desde que se tenga memoria. Lo querían afuera de la selección, lo insultaron, le desconocieron la habilidad futbolística que alguno tímidamente se animaba a endosarle. Y salió de la cancha bajo la más humillante silbatina que una tribuna le dispensara jamás a un jugador seleccionado.
Pero el hombre —!y vaya mérito!— no se amilanó, insistió en jugar, porque acaso nadie como él sabía de sus habilidades.
Y si contra Colombia comenzó a ganarse el respeto y contra Argentina el reconocimiento, ayer —sacando de la galera su magia futbolística— terminó por torcer definitivamente la actitud de la muchedumbre apiñada en las cuatro tribunas.
Si fenomenal es la forma como un estadio entero cambia no bien descubre que alguien es realmente hábil jugando, es también digno de admiración que Recoba, insultado y denostado, insistiera en venir y jugar. Y ayer —como también contra Argentina— tuvo su premio.