El show de los ultras

Marcello Figueredo

Si hay un espécimen que ha sabido sacar ventaja de la globalización, ese es el militante ultra que, celular en mano, escoltado por fotógrafos que colgarán en la red las imágenes de sus proezas urbanas, y respaldado por un batallón de rebeldes sin causa que matan las horas alimentando blogs contestatarios, sale a la calle a despotricar contra la globalización.

Los hemos visto en Seattle, en Davos, en Quebec, en Porto Alegre. Acabamos de verlos en Mar del Plata, donde aprovechando la visita de George Bush y la Cumbre de las Américas, rompieron vidrieras de empresas extranjeras y argentinas, destrozaron comercios de ricos y pobres, quemaron cajeros automáticos y robaron alfajores Havanna, para que no quedara duda de cuán noble y dulce es la ideología que los inspira.

Igual de torpes, y en perfecta sincronía con aquellos, nuestros activistas radicales también montaron un numerito por aquí. Para demostrar su odio al capitalismo, al ALCA y al Tratado de Inversiones, atacaron dependencias del Estado, comercios, autos y hasta transeúntes que andaban por la Ciudad Vieja.

No son valientes, pero sí ilustrados. Leen al doctor en filosofía James Petras, que reivindica a Marx desde Estados Unidos y opina que el presidente socialista Tabaré Vázquez es un entreguista que emplea los mismos métodos represivos que los dictadores de ayer. Mantienen una página web con una galería fotográfica de sus movilizaciones que debe ser la envidia de la Dirección Nacional de Inteligencia. Discuten por internet sobre vegetarianismo y conflictos armados. Están comunicados con compinches de los cuatro puntos cardinales. De Manila a Tijuana, de Ontario a Tesalónica, de Jakarta a New Jersey, todos deslumbrados por las recientes revueltas en París. "Francia nos muestra el camino", escribió un simpatizante uruguayo; refugiado, claro, en el anonimato.

Tampoco están solos aquí, aunque alguien crea que son una minoría infantil e insignificante. Como hemos visto, los apoyan ciertos taximetristas y cooperativistas, que les prestan sus locales sindicales para que se reúnan; los cobijan ciertos merenderos, en los que fingen coordinar talleres de expresión plástica y otras actividades inofensivas; los apañan ciertos funcionarios de la salud, con suficiente tiempo libre como para acudir cada tarde a una manifestación; los protegen ciertos profesores de secundaria, que en lugar de preocuparse por aprender a escribir (redactaron un comunicado lamentando los malos tratos "infringidos" a un estudiante), se dedican a defender delincuentes y a criticar jueces.

Cuando en noviembre de 2002 miles de payasos como ellos desembarcaron en Florencia para armar su circo, la feroz periodista italiana Oriana Fallaci publicó una carta abierta a sus conciudadanos alertando sobre el tipo de violencia que eran capaces de ejercer: "la violencia del que lanza piedras o extintores en contra del carabinero aterrorizado. La violencia que, alimentándose de estupidez, ensucia con pintura las fachadas de los antiguos palacios. Que quema los autos. Que ocupa las casas y los bancos y las fábricas, que destruye los diarios y las sedes de los movimientos políticos que se les oponen (...) La violencia que aprovechándose de la ley, humilla la ley, la hace ridícula. La violencia que, sirviéndose de la democracia, ultraja la democracia, la quebranta. La violencia que aprovechándose de la libertad, mata la Libertad. La asesina".

De momento, y amén de apoderarse de viejas consignas con las que supimos enronquecer cuando valía la pena, nuestros violentos ya han conseguido ensuciar palabras de enorme belleza. Porque hay que ser muy mala leche para invocar lucha, memoria y justicia en nombre de un puñado de energúmenos con más piedras en la mochila que ideas en el cerebro.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar