Es difícil pretender homenajear a un ser querido sin caer en el lugar común o ser muy subjetivo, es por eso que me anticipo a pedir disculpas por ser ésta una columna reservada para quienes conocimos y disfrutamos de la amistad del Dr. Alvaro Carbone.
La próxima semana se cumplen diez años de su fallecimiento, la distancia con aquella primaveral mañana de noviembre de 1995 y los momentos que se vivieron en el Uruguay, hasta esta fecha, no hace otra cosa que evidenciar la magnitud de la pérdida en valores humanos y morales que la sociedad en general y el sistema político en particular han padecido.
Alvaro perteneció a la generación que recuperó el sentido democrático, su lucha frente a la dictadura no se caracterizó por haber estado preso o pretender erigirse en mártir, peleó en silencio, generando opinión publica sin importar el auditorio, batallando en el mano a mano, preparándose en los estudios para poder servir al país una vez que su Partido Nacional le diera esa posibilidad.
Con estas premisas, fue que llegó al Parlamento y a ser Ministro de Trabajo y Seguridad Social, entendiendo que el ser demócrata pasa por el comprender todas las posiciones y mediante el diálogo encontrar la mejor solución. Pocos como él, tienen el reconocimiento de todas las partes, trabajadores, cámaras empresariales y la unanimidad del espectro ideológico veían en su franqueza y tranquilidad a la mayor garantía para poder solucionar un diferendo.
Su generación, dispersada hoy en todas la ramas de actividad y todos los partidos políticos, sigue sin preocuparse por las mieles que otorgan quince minutos de fama, muy por el contrario desde la cúspide o desde el llano siguen encolerizándose por ver a un Uruguay tan patéticamente fragmentado cuando tiene todo para hacer a sus ciudadanos dignos.
Como blanco, cumplió con todos sus deberes, fue un firme defensor del humanismo en una colectividad tan propensa a festejar las compadreadas, líder ciudadano canalizaba a la perfección las presiones de un Montevideo tan heterogéneo y desigual, acérrimo defensor de la honradez en los actos de gobierno, no vaciló en las criticas, ni se tentó en la acusación facilonga cuando las nubes de la sospecha oscurecían la divisa de Oribe.
Para los que tuvimos el privilegio de hacer nuestra primeras armas en política a su lado, nos quedaron grabados a fuego los sacramentos con los que Carbone concebía el servicio público: trabajo, sencillez, estudio, sensibilidad y honestidad son las enseñanzas que continuamente impartía con su ejemplo; no se le conocen gestos de soberbia, tampoco indiferencia hacia los planteos y mucho menos improvisación en el tratamiento de los temas.
Para nuestra democracia que lucha diariamente con la credibilidad de su sistema político, Alvaro Carbone sintetiza la sencillez que da el ejercicio del poder cuando se tiene buena fe; para nuestro Partido Nacional, enfrascado con sus nuevos roles, Carbone es sinónimo de solidez intelectual y por ello lapidario enemigo de los facilismos, y para el Uruguay es el mejor ejemplo de cómo dialogando se pueden encontrar las mayores satisfacciones.
A diez años, seguiremos intentando la difícil tarea de no defraudarlo, de escuchar por medio de su querida compañera Cristina los rezongos si equivocamos el camino, de promover dentro de nuestra colectividad los ámbitos de construcción política que entre todos faciliten los desafíos del futuro y construyendo dentro de su Lista 903 del alma los espacios que formen debidamente a parte de quienes nos gobernarán en el mañana.