Diciembre del 92. Ultimo clásico del "Uruguayo". Julio César Dely Valdés empieza a correr hacia el arco de la Amsterdam y termina haciendo el gol del triunfo, porque tres defensores de Peñarol lo persiguieron 30 o 40 metros y, como si fuera una jugada más, no se animaron a tocarlo.
Noviembre de 2005. 12a. fecha del Torneo Apertura. Martiñones le hace un "caño" a Félix García cerca de la raya central de la cancha y, pese a que corre con el "contrapeso" de la pelota, llega al área de la Colombes sin que nadie lo alcance ni consiga cruzarlo y bate al indefenso Flores en el instante que el colombiano recién empieza a dejar el lugar desde el que se quedó contemplando la concreción del cuarto gol adversario.
Enero del 93. Llega Gregorio Pérez a Peñarol y, como nuevo técnico, pero también como el hincha que alguna vez vino en camión desde Pueblo Rausa a ver a su cuadro del alma, invoca una mística que se había perdido hacía rato y hace una "limpieza" en la que —entre otras— rodaron las cabezas de aquellos ingenuos que habían corrido al panameño sin tocarlo.
Noviembre de 2005. La historia vuelve a repetirse 13 años más tarde. Pero no es igual. Cuando la hinchada es capaz de insultar y pegarle a sus jugadores, y hasta hay quienes —elecciones mediante— son capaces de mostrar rostros radiantes ante una derrota humillante, la cuestión es más grave: es la mística institucional, no sólo la futbolística, la que está hecha pedazos.