JORGE ABBONDANZA
Es un autorretrato fragmentado pero también un documento conmovedor. Lo que Mario D’Angelo ha colgado en las salas de la planta baja del Cabildo consiste en una secuencia fotográfica de su propio cuerpo, atormentado desde la infancia por la ictiosis, esa extraña afección que convierte la piel humana en una superficie escamosa como la de un gran pez. Así la muestra testimonia algo epitelial, que es la envoltura de ese cuerpo, pero al mismo tiempo deja constancia de algo penetrante que son las capas de la emoción: las de este individuo que en su infancia montevideana fue exhibido ante los doctores para conocimiento de un problema tan singular como infrecuente. Ahora D’Angelo presenta esa evidencia física en los muros, desde los ojos enrojecidos con que recibe al visitante hasta los pliegues y miembros que se registran luego en la hilera de fotos en blanco y negro, como constancia paralela a la del Cristo yacente que la duplica desde la pared opuesta.
D’Angelo es un creador de instalaciones dotado de una sugerencia y una sensibilidad extraordinarias, como quedó confirmado en sus propuestas sobre el Artigas ecuestre o sobre el histórico atentado contra Máximo Santos. Se maneja con una envidiable economía de recursos pero consigue combinarlos de tal manera que el resultado es una fuente de sobreentendidos y lecturas múltiples, ideal para contempladores reflexivos. Este artista apuesta al ojo atento y permeable del prójimo para transmitir sus conclusiones sobre la vida, la realidad y el hombre, y en esta comparecencia del Cabildo —que sigue habilitada hasta el 13 de noviembre, de lunes a viernes de 13 a 17.30, sábados de 11 a 16.30 y domingos de 13 a 17.30— juega con imágenes que él mismo parece negarse a ver (las manos cubren su rostro en una de las fotos mayores) pero sin embargo las expone como ejercicio de recuperación del pasado y prueba de comunión con los demás, lo cual resulta de una potencia devoradora.
El expositor, que ya había mostrado una selección similar en Cinemateca Uruguaya hace un tiempo, queda atrapado en su autorreferencia como si se internara en la espiral de una dura obsesión, pero al mismo tiempo libera esa carga y la entrega al prójimo en un acto que responde formalmente a la severidad de sus habituales montajes, aunque en el caso agrega un sesgo de intimidad que conviene recorrer con la calma que exige.
MEMORIZADOR. Otro testimonio —pero póstumo— es el que armó el curador Manuel Neves con la obra del pintor y grabador Ruisdael Suárez, fallecido en Montevideo hace un año. Esta retrospectiva antológica —que se mantiene en el Subte Municipal de la Plaza Fabini hasta el 27 de noviembre, martes a domingos de 17 a 21— ha conseguido reunir numerosa obra de un plástico injustamente relegado cuya difusión ha sido escasísima, olvido que demuestra la facilidad con que este país pierde la memoria sobre personalidades artísticas del pasado, aunque sea tan reciente. Una de esas notabilidades fue Suárez, que en la etapa culminante de su trayectoria produjo una obra emparentada con el humor y los atrevimientos del Pop Art y trabajó de manera asociada con las propuestas de su amigo y colega Ernesto Cristiani, otro talento al que la posteridad ha hecho una avara justicia.
Una iconografía estilizada y casi lúdica, donde la figura humana protagoniza un dibujo de notable precisión y un cromatismo de encanto radiante, domina las xilografías y acrílicos de Suárez, envueltos en una crítica zumbona a muchos aspectos de la realidad y a unos cuantos rasgos de la condición humana. Esas criaturas de mirada absorta trasladan —con el auxilio de técnicas mixtas donde asoman a menudo los recortes del collage— el ojo penetrante del artista, clavado en trazos de una mentalidad finamente cuestionada por la ironía y el tenue contorno caricaturesco. A medida que se acercaba a la madurez de la vida, la obra de Suárez fue haciéndose más simplificada de gesto y de diseño, más seductora de insinuaciones y más límpida de resolución, como puede verse en este despliegue impecablemente ordenado y conseguido por el empeño investigador de Neves, armado en el Subte con un esmero digno de la evocación que Ruisdael Suárez merecía desde hace tiempo y ahora obtiene por fin, justicieramente.