Historia sumergida

Supongamos que algún empresario le propusiera al Estado uruguayo excavar los cerritos de indios para extraer los elementos allí dejados por los primitivos habitantes del Este de nuestro país, hace miles de años. Ello, a cambio de dividir el botín en partes iguales. Inmediatamente se levantaría una ola de protestas que impediría semejante transacción involucrando nuestro patrimonio histórico y cultural. Pero, desde hace años aceptamos una situación muy parecida con el patrimonio subacuático constituido por los restos de los naufragios en el litoral del Río de la Plata y el océano Atlántico.

Un proyecto de la Comisión del Patrimonio Cultural con el apoyo del CIID del Canadá elaboró un listado de embarcaciones que se fueron a pique, que zafaron de la varadura o que pudieron ser salvadas en la Bahía de Montevideo desde 1772 (hundimiento de la fragata española La Aurora) hasta 1930 (naufragio de una lancha de tráfico portuario). La enumeración incluye más de 420 buques. De ese total, 23 casos corresponden al período de la Dominación Española, incluyendo al correo marítimo Grimaldi (29 de mayo de 1792), Nuestra Señora del Loreto (30 de mayo de 1792) y la corbeta La Atrevida (3 de febrero de 1807, al ser tomada Montevideo por los ingleses). Como era de esperar, la gran mayoría de los incidentes tuvieron lugar después de 1850, coincidiendo con el rápido desarrollo de la navegación comercial en el Río de la Plata.

En "Maldonado y su región", Carlos Seijo enumera los siniestros marítimos en la costa desde el Solís Grande hasta el Chuy. Aunque se destacan algunos naufragios (como el del buque de la línea británico Agamemnon o el del transporte español San Salvador), en la mayoría de los casos se trata de buques mercantes más o menos humildes, dedicados al transporte de cargamentos de productos de importación o exportación.

A ello es necesario agregarle otra consideración. Nuestros antepasados españoles eran muy buenos marinos. Tanto Buenos Aires como Montevideo eran puertos importantes (más el segundo que el primero) donde existía una verdadera necesidad por madera, clavos, velas, cabuyería, cañones y los cientos de elementos imprescindibles para armar y equipar debidamente a buques de madera que se deterioraban inexorablemente. La gente de mar y los comerciantes que habitaban esas ciudades sabían del cargamento de los buques varados o hundidos y estaban dispuestos a emprender el salvamento de la nave y de las mercaderías a bordo de la misma. Finalmente, la burocracia colonial intervenía en todo y registraba todo.

Como lo demuestran el reciente libro de Alfredo Koncke Miranda, referente al naufragio del velero francés El Falmuth (1706), la obra de Juan Alejandro Apolant sobre el naufragio de Nuestra Señora de la Luz (1752), o el completo estudio de Arturo Ariel Betancur sobre el Puerto Colonial de Montevideo.

Esos libros, y muchos otros, subrayan la importancia de la dimensión marítima en la historia de nuestra sociedad. Los restos de buques en el litoral uruguayo son un testimonio de aquella dimensión. Por ello constituyen un valioso elemento del patrimonio cultural e histórico perteneciente a las generaciones presentes y futuras de uruguayos. Este es el verdadero tesoro que deberíamos proteger, ratificando la Convención sobre la Protección del Patrimonio Cultural Subacuático de la Unesco y aprobando la legislación nacional correspondiente.

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