El mal negocio de gobernar

En las últimas dos décadas, el ejercicio del gobierno no ha sido una tarea redituable para los líderes políticos uruguayos en términos de su imagen pública. Sea desde la Presidencia de la República, desde los principales cargos de gobierno, o como simple socio de una coalición habitualmente —y casi sin excepciones— a mayor proximidad con el gobierno de turno, mayores eran las probabilidades de desgaste de imagen pública de un líder político.

Al terminar el primer año de gobierno de Luis Alberto Lacalle, el Partido Nacional contaba con múltiples liderazgos que lograban simpatías importantes en el electorado. Por ejemplo, Carlos Julio Pereyra entre agosto y diciembre de 1990 alcanzaba cerca de diez puntos más de simpatías que el propio Presidente Lacalle, logrando incluso opiniones favorables fuera de los votantes blancos. Pero al terminar el período de gobierno ambos vieron deteriorada su imagen comparada con el momento de inicio (aún cuando la popularidad de Lacalle se recuperó fuertemente en el último año y el Partido Nacional tuvo un buen desempeño en la siguiente elección).

Situación similar se produjo durante el segundo gobierno de Sanguinetti, donde no solo el Presidente y otros integrantes del partido de gobierno desmejoraron su imagen sino que el desgaste impactó también sobre los socios de la coalición.

Alberto Volonté, que ocupó un rol cercano —aunque no institucional— en el gobierno, vio cómo su imagen pública se venía a pique.

En el gobierno de Jorge Batlle, más de lo mismo. El desgaste de la imagen presidencial rompió todos los récords y, salvo Atchugarry, que "entró" y "salió" en momentos muy particulares y muy justos, el resto del elenco gobernante tuvo evoluciones negativas en términos de imagen pública.

A todo esto, entre los líderes de oposición la evolución era la inversa. Durante todo este período figuras como Vázquez, Astori y Arana —y más recientemente Mujica— contaron con niveles de simpatía elevados y, además, crecientes a lo largo del tiempo.

De una forma o de otra, entre 1990 y el 2004 los presidentes uruguayos estuvieron cada vez más solos (en el sentido de que sus partidos de gobierno tenían menos pluralidad de líderes y además eran menos populares) mientras que, en contrapartida, los liderazgos más fuertes de la política del país se robustecían en el partido de oposición.

Este año, el 2005, es el primer año desde hace más de una década y media, en que los políticos más populares son los que gobiernan, y los menos populares están en la oposición.

El paso del tiempo permitirá despejar la interrogante de si el ejercicio del gobierno será también un "mal negocio" para los gobernantes de izquierda, y si los líderes de los partidos tradicionales sabrán encontrar —hoy desde la oposición— los caminos de mejora de popularidad que atravesaron los actuales gobernantes en los últimos quince años.

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