A un año de la elección de octubre pasado, la imagen de los líderes políticos uruguayos ha seguido caminos diferentes. Mientras Vázquez, Astori y Mujica han incrementado los niveles de simpatía que reciben de los uruguayos, los principales líderes de los partidos tradicionales no logran mejoras sustantivas.
Larrañaga continúa siendo el mejor posicionado seguido de Lacalle, mientras que Sanguinetti y especialmente Jorge Batlle mantienen niveles muy fuertes de desgaste de su imagen.
Una de las explicaciones de estas diferencias es que, mientras los frentistas tienen valoraciones fuertemente positivas hacia sus propios líderes, los blancos y colorados evalúan con menos entusiasmo a los suyos.
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Al finalizar setiembre de 2005, casi seis de cada diez uruguayos manifestaron tener "simpatía" hacia tres líderes políticos: Astori (60%), Vázquez (59%) y Mujica (57%). Estos tres líderes tienen también "antipatías" relativamente bajas, aunque en el caso del actual Ministro de Ganadería es algo superior a las de los otros dos líderes mencionados.
Del lado de los partidos tradicionales la situación muestra otra realidad. Los niveles promedio de simpatías son mucho más bajos que los que reciben los líderes anteriores, pero dentro de este panorama global también existen situaciones muy diferentes entre ellos. Larrañaga es quien recibe mejores evaluaciones: 35% de los uruguayos manifiestan "simpatía". Un escalón debajo se encuentra Lacalle, que recoge 24% de simpatías, y todavía más abajo se ubican los dos ex Presidentes colorados Sanguinetti (19%) y Jorge Batlle (13%).
Estrictamente hablando, hace ya varios años que los indicadores de imagen de líderes muestran a los principales referentes de la izquierda uruguaya con niveles de popularidad superiores a los de los partidos tradicionales en su conjunto. Por ello, la información de setiembre de 2005 que muestra a Vázquez, Astori y Mujica con diferencias importantes de imagen sobre el resto de los líderes no representa estrictamente una gran novedad.
Sin embargo, la evolución reciente de los datos muestra algunas variaciones: la imagen de los líderes de izquierda creció de forma significativa a partir del triunfo del EP/FA/NM en las elecciones de octubre pasado. Este efecto, que es habitual en los pe-ríodos poselectorales, tiene intensidad y duración variables. En el último período, por ejemplo, los niveles de simpatía hacia Jorge Batlle también se dispararon fuertemente a partir de su victoria en el balotaje de 1999, pero un año después, al terminar 2000, habían retornado a sus niveles habituales.
Niveles de "hinchada"
Las opiniones que los ciudadanos tienen sobre los líderes políticos se vinculan en gran medida a sus preferencias partidarias. Así, es habitual que entre las personas que votaron a un partido determinado, los niveles de simpatía hacia los líderes de su propio partido sea mayor que hacia los de la vereda de enfrente.
Esta característica también está presente en 2005 pero esta vez, además, se encuentran diferencias importantes en la intensidad con que cada una de las "hinchadas" aplaude a sus jugadores. Veamos: entre los frentistas, alrededor de ocho de cada diez manifiesta simpatía hacia los principales líderes de su partido. Algo mayores a Vázquez y Mujica que hacia Astori, pero todos con registros muy elevados.
Entre los votantes del Partido Nacional, en cambio, los niveles de apoyo a sus propios líderes son algo menores: dos tercios (67%) de los nacionalistas manifiesta "simpatía" hacia Larrañaga, mientras que algo menos de la mitad (46%) simpatiza con Lacalle. Y entre los colorados, los niveles de "hinchada" son todavía menos intensos. Ni Sanguinetti ni Batlle tienen hoy niveles de simpatías mayoritarias siquiera entre quienes votaron al Partido Colorado en octubre de 2004.
Estas diferencias en la "intensidad de las hinchadas", combinadas con las diferencias en el "tamaño de las hinchadas", explica buena parte de los resultados globales de popularidad.
Mirando el futuro
En este contexto, el escenario actual muestra resultados ampliamente satisfactorios para la izquierda, que parece tener un conjunto de liderazgos de amplio alcance en el conjunto del electorado.
Dentro del Partido Nacional Larrañaga logra homogeneizar juicios positivos de una porción muy importante de los votantes nacionalistas y Lacalle de algo menos, pero en ambos casos parece haber niveles de representatividad razonables para sectores diferentes del público nacionalista.
El Partido Colorado, finalmente, es quien enfrenta desafíos más importantes, y no encuentra hoy liderazgos que generen atractivos en sectores importantes del electorado. Al desgaste de las imágenes de Sanguinetti y Batlle se agrega que tampoco —al menos por el momento— las posibles figuras de renovación han asumido roles políticos relevantes que les permitan consolidar su imagen pública.