Jorge Abbondanza
Aunque usted no lo crea, el gobierno de Arabia Saudita autorizó a las mujeres a votar y a ser candidatas en la elección de una cámara de comercio. Eso ocurrió el mes pasado y puso fin a la hermética norma del país, que consistía en excluir a la población femenina de toda actividad comunitaria. De hecho, las señoras y señoritas de ese reino petrolero siguen sin poder manejar un auto y sin tener derecho a viajar al exterior a menos que las autorice expresamente un hombre de su familia. Por lo menos ahora pueden intervenir en un comicio, alternativa que supo aprovechar la empresaria Madhawi Al-Hassoun presentándose como candidata para esas elecciones. Con su gesto de coraje se convirtió en una celebridad.
Claro que el rey Abdullah no es amigo de la modernidad. "Ya llegará el día en que las mujeres puedan manejar un auto —dijo— aunque por el momento creo que la paciencia es una gran virtud". La ironía del monarca habrá dejado insatisfacho a un amplio sector de la opinión pública que se opone a la ultrarreligiosa severidad oficial, aunque conviene aclarar que esa oposición es bastante mansa: durante años ha tolerado que en Arabia se prohíban por ejemplo las muñecas Barbie, consideradas como "una amenaza a la moralidad", quizá porque las niñas suelen desnudarlas para cambiarles la indumentaria. Los guardianes de la pureza islámica son así.
Pero no sólo en Arabia Saudita hay irritantes limitaciones a la libertad del ciudadano. En Alemania, la ciudad de Rietheim prohibió los libros de Harry Potter porque las autoridades locales consideran que "promueven la brujería". En Italia, un fallo del Tribunal Supremo determinó hace pocos años que "las prostitutas no pueden tener servicio doméstico". En Singapur se prohibió hace una década masticar chicles, porque ese hábito "provoca inconvenientes a los usuarios del transporte colectivo y aumenta los gastos de limpieza". En Bután está prohibido fumar en todo el territorio nacional, con lo cual ese reino del Himalaya "es el primer país del mundo completamente libre de humo". Libre de humo, ya que no libre.
Arabia, sin embargo, es capaz de superar cualquier medida en materia de recortes a la libertad. A mediados de la década del 80, una oleada fundamentalista cerró todos los cines del país como resultado del dictamen de los ulemas, temibles doctores de la ley musulmana según los cuales "la exhibición de películas era contraria al Islam". Ese modelo sería imitado diez años después por los talibanes de Afganistán, aunque ahora los sauditas han reconsiderado su posición y autorizaron a que el jueves 3 de noviembre se inaugure un cine para 1.200 espectadores en el hotel Intercontinental de Riad, que es la capital del país. Esa sala proyectará dibujos animados realizados en el extranjero pero doblados al árabe, aclarándose que "sólo podrán ingresar mujeres y niños", lo cual inaugura la curiosa noción de que el cine no debe ser apto para varones adultos. La autorización tuvo lugar cuando los ulemas descubrieron que "nada en el Islam ni en la ley saudita prohíbe los cines". Y eso ocurre mientras en los vecinos Emiratos Arabes se autoriza la emisión de Los Simpson en la televisión local, que podrá ser vista por las mujeres y también por los hombres, mientras los ulemas lo permitan.