Antonio Larreta
He estado postergando durante mucho tiempo la lectura de El canon occidental de Harold Bloom, quizás no tanto por sus casi seiscientas páginas, como por cierto escepticismo sobre su contenido. Bloom es un crítico brillante —y sobre todo, famoso— pero más que por los desacuerdos, siempre inevitables, por una superficialidad que se enmascara de audacia y de complejidad aparente. No es tan inteligente ni tan original como él parece creer. Aunque a veces nos sea simpático por la sinceridad con que se enfrenta con las corrientes críticas contemporáneas, a las que ha llegado a englobar bajo el rótulo de Escuela del Resentimiento, bolsa en que mete feministas, marxistas, lacanianos, deconstructivistas y semióticos (Canon, página 535). Pero a todo libro, más o menos enterrado a una mesa de luz, le llega su día.
O mejor, su noche. Uno está cansado, o confundido, o inapetente, y saca a relucir ese libro que es tal vez demasiado largo, del que se puede saltar algún capítulo, o hacer la lectura oblicua de otro, o finalmente, al llegar a la mitad, dejar de leerlo. Pero una vez enfrascado en la lectura, empieza a dibujarse, detrás del texto, la sonrisa irónica y suficiente del autor, en este caso la de Mr. Bloom, que sabe que ha tendido muy bien sus redes, y uno termina leyéndolo todo, incluso los capítulos que sí se salteó o que leyó a medias, y hasta releyendo los que ha terminado por descubrir que son claves, aunque sigan afirmándose desacuerdos, y hasta irritaciones.
Aunque nadie pueda afirmar que ha leído todo lo que conforma la gran literatura, y Bloom se encarga de no caer en esa inverosimilitud, la verdad es que se ha pasado su vida leyendo y tomándose en serio su discutida profesión. Eso sí con una inclinación irresistible por lo anglosajón, sobre todo en la que él llama "Edad Democrática", que arranca desde fines del dieciocho hasta comienzos del veinte. Para Bloom, tras una Edad Teocrática, en la que no se detiene, el canon occidental se abre con la Edad Aristocrática (de Dante a Tolstoi) y se continúa con la Edad Caótica que seguiría siendo la nuestra hasta nuestros días. Se diría que Bloom meditó mucho antes de calificar así una "edad" en que une a Joyce, a Proust, a Freud, a Virginia Woolf, a Kafka, a Beckett, ingresamos los sudamericanos con Borges y Neruda y cierra la lista de los elegidos Pessoa. Y que profetiza para este siglo una Nueva Edad Teocrática, tal vez la más polémica de todas las propuestas polémicas que propone su Canon. Del que seguiremos hablando.