ANTE la perspectiva que la coalición de izquierda pudiera llegar al gobierno, la gente —que se ha llevado más de una sorpresa entre lo que se esperaba que fuera y lo que resultó ser— se preguntaba cómo podría conducirse en el manejo del poder una fuerza política tan diversificada, tan heterogénea y tan difícil de proceder con coherencia entre la pluralidad de sectores que nuclea, los que en muchos casos no sólo presentaban diferencias sino también contradicciones tanto en su ideología como en su metodología política.
Hasta ahora, la gestión ha venido desarrollándose con un Presidente y un equipo de íntimos allegados que conforman una cúpula con cometidos que se mezclan en la tarea de coordinación, cuando es necesario, y de decisión final o de última palabra cuando se producen situaciones de enfrentamiento o difíciles de destrabar entre los distintos centros de poder. Esa cúpula funciona en los hechos bastante bien en la medida que nadie puede desconocer el potencial de llegada, de buena comunicación, del Presidente de la República con la opinión pública.
ESTO si se quiere en el aspecto formal, porque en cuanto al contenido de las ideas y del programa que transmite Vázquez en la actualidad, lo expresa con más comodidad en el exterior que aquí, en donde ya a parte importante del voluminoso caudal electoral que obtuvo —el localizado en adhesiones ajenas al voto no cautivo de la izquierda— no se le escapan las graves contradicciones que saltan comparando ese pensamiento, no tanto con el de la campaña electoral —en donde el objetivo fue captar el voto de centro a donde le costaba llegar— como en la trayectoria política del mandatario analizada en toda su dimensión.
LA entrega de la conducción económica a Astori, quien elogió la exitosa operación de canje de deuda que llevó adelante la administración anterior mientras el Presidente simultáneamente la consideraba desastrosa, la idea de asociar empresas públicas con el capital privado o derechamente la de la privatización, desparramada a quien quisiera oírlo en su periplo europeo —por poner algunos pocos pero elocuentes ejemplos— demuestran, en el mejor de los casos, que sólo podría justificarse este viraje al mejor estilo de la sinceridad del Subsecretario de Economía, que admitió sin ambages en Washington que una cosa es lo que se iba a hacer de ganar las elecciones y otra lo que se le decía a la gente. En dos palabras, que una bandera se levanta en la oposición y otra en el gobierno.
ESA buena comunicación del Presidente con la gente contrasta abiertamente con la de la mayoría de sus ministros. Mujica se ha cansado de criticar la política económica. No se advierte, al menos públicamente, que en el afán de atraer la inversión se le dé la injerencia que debe tener al Ministerio de Trabajo, ante la existencia de cuestiones laborales candentes, como la ley de fueros sindicales, que —es claro— no se comentaron en Europa. En ese mismo plano el Ministro del Interior ya no sabe en que error más incurrir. Desde la facilidad que otorgó a las ocupaciones de empresas, su patrocinio a una ley para descongestionar las cárceles que va a generar mayores problemas de los que pretende solucionar, sus opiniones sobre los medios de comunicación, su concepto de lo que debe ser una policía preventiva, todo demuestra que está lejos de ser el hombre para el cargo.
En materia de política exterior no hay rumbo, y se ha incluido en el Presupuesto una legión de cargos para llenarlos prácticamente a dedo. El Plan de Emergencia, en manos del Partido Comunista, es un caos. El Sistema Nacional de Salud del que se habla, no se entiende salvo en fragmentos muy confusos. Oír el discurso de Murro preocupa por la suerte de la seguridad social. En síntesis, es muy marcado el desnivel en lo que a comunicación se refiere entre el Presidente y los miembros de un gabinete muy desparejo en todos los órdenes, sea en los resultados de su gestión, sea en la imagen que la opinión pública se va formando de los mismos.
EN definitiva, esta es la consecuencia lógica, la respuesta natural a la gran interrogante que con fundamento nos planteábamos todos de sobre cómo se haría para gobernar esta forma de coalición.
Lo previsible es que las tensiones van a ir en aumento y que llegará un momento en que Vázquez tendrá que asumir todo el protagonismo que corresponde a la responsabilidad de su investidura. De otra manera puede hacer crisis el riesgo de las fracturas. Es claro, tendrá que dedicar más tiempo y seguramente buscar alianzas para afrontar las seguras deserciones.
Esto recién empezó, y él lo sabe.
Carnavales
Si la noticia que el Carnaval del Uruguay comienza el 26 de enero, un mes antes de las fechas calendario, llegara a otros países, el asombro sería enorme. Una fiesta popular como lo es sin dudas el Carnaval, no puede extenderse tanto tiempo.
Si bien su majestad el tiempo ha ido cambiando en estos últimos años, siendo poco apto para esta fiesta en las fechas calendario que a veces caen en marzo, lo cierto es que este "cambio" abrupto de fechas, por más razones que se den, viene a perturbar la estación estival de la que tanto el país espera.
No es real que el turismo se beneficie. Los turistas de verano no vienen al Uruguay por el Carnaval. Vienen para disfrutar de sus playas y de sus balnearios a lo largo de casi 400 kilómetros.
Por otra parte, quienes sí llegan por el Carnaval, tienen sus agendas programadas de acuerdo a cuando cae y no cuando el Municipio decide iniciarlo. Sin más, licencias de Carnaval y de Semana Santa, por algo se han establecido desde hace tantos años. Parece, entonces, que las razones que abundan no son las del adelanto sino, más bien, las de cumplir con el almanaque.