Hugo García Robles
Es posible que no siempre se advierta el genio de Héctor Berlioz y la importancia de su obra. No solamente en el contexto de la música francesa sino más allá de las fronteras nacionales, el alcance que tuvo en la historia de la música sin más. Se le puede considerar, con justicia, responsable del desencadenamiento del romanticismo en Francia, junto con Víctor Hugo y a la vez, ser uno de los fundadores de la orquesta sinfónica actual, mérito que comparte con Wagner.
Su capacidad para convertir en música sus experiencias personales y el grado de pasión visionaria que poseyó se miden en la etapa de su vida que lo conecta con el teatro de Shakespeare y a la actriz Harriet Smithson. El 11 de setiembre de 1827 Berlioz presencia la representación de una compañía de teatro inglesa en el Odeón de París y descubre en las actuaciones de Charles Kemble como Hamlet y de la Smithson como Ofelia el universo del bardo del Avon. Aunque las representaciones eran en inglés y Berlioz no tenía entonces conocimiento de esa lengua, de todas formas su sensibilidad registra la poesía y grandeza del texto, junto con el deslumbramiento amoroso que le provoca la actriz. La representación no encuentra solo a Berlioz, ya que en la sala del Odeón están todos los responsables del romanticismo francés. Es decir, la legión dorada de los Delacroix, Dumas, Vigny, Gerard de Nerval, Víctor Hugo asisten. Berlioz lo ha escrito con claridad: "Shakespeare cayó sobre mí imprevistamente y me fulminó. Reconocí la verdadera grandeza, la verdadera belleza, la verdadera verdad dramática".
El rayo que había caído sobre el músico tenía además el aditamento del deslumbramiento, nada literario, de otra naturaleza, por la irlandesa Harriet Smithson. La actriz era rubia, ojos soñadores y según parece ardientes, junto con una voz cálida y seductora, razones más que suficientes para que Berlioz enloquezca de amor y haga todo lo posible para llegar hasta ella, conocerla y hacerse amar.
En ese clima exaltado que el mero rostro de Berlioz retratado por Emile Signal en 1830 revela con el fuego de su volcán interior, otro descubrimiento se suma para anegar al músico en éxtasis: lee el Fausto de Goethe que Nerval terminaba de traducir al francés y que aparece publicado en ese mismo año de 1827.
Para que el cuadro que entreteje sus hilos como una trama fatal se complete y explique las causas que empujan a Berlioz a componer la Sinfonía Fantástica, en 1828 la Sociedad de Conciertos del Conservatorio, dirigida por Habeneck, interpreta la Heroica y la Quinta Sinfonía de Beethoven. Es preciso reconocer que pocas ocasiones pueden acumular una sucesión tan elocuente e importante de experiencias armónicamente orientadas en la misma dirección y fecundar el surco de una personalidad afín.
De este cúmulo de circunstancias que son una mezcla de destino y azar, la Sinfonía Fantástica, es la consecuencia genial. "Episodio de la vida de un artista" estampa el autor como una advertencia clara de sus intenciones que juntan el pathos expresivo de la música con la anécdota que el programa explicita antes de cada movimiento. Hija del dramatismo del Werther, el suicidio con opio que fracasa sume al protagonista en los sucesivos tramos de recogimiento eglógico en el campo o en las aterradoras escenas de la orgía satánica.
¿Qué cabe admirar más? ¿El firme curso de la Sinfonía Fantástica que conduce con audacias renovadoras la forma y la orquestación? ¿El impresionante sarcasmo del clarinete en mi bemol caricaturizando la nobleza original de "la idea fija", la melodía que retrata a la amada, en el movimiento final?
Todo eso y mucho más, porque si la música francesa del período brillante de los comienzos del siglo XX, con la obra de Debussy, Ravel, Dukas y Honegger, buscara sus raíces, todas las huellas conducen a Berlioz.