JUAN MIGUEL PETIT
Por qué mata un niño? Esta pregunta se la ha hecho muchas veces el filósofo Enrique Miret Magdalena.
—Los niños están cada día menos sostenidos por el tejido social que antes lo daba el barrio, la escuela, la estabilidad familiar. Vivimos en el vértigo. Esto afecta a las personas de manera diversa, porque todos somos distintos, pero en algunos casos ciertos factores colectivos se introyectan o entrecruzan con los individuales, de una manera que destruye el tejido social contenedor. Allí aparece la violencia. Todo ser humano tiene en su origen un potencial de violencia que debe ser socializado, domesticado. Un joven criminal se va gestando con una historia de deprivaciones. El joven que delinque y que delinque gravemente, es la historia de la expulsión del medio que debió sostenerlo, la familia, la escuela... Cuando la socialización no existe o se corrompe, como pasa en los bolsones de pobreza o de marginalidad, algunos chicos interiorizan la situación y crean bandas. Porque el hombre necesita tener el ámbito social para vivir, y los chicos que no tienen en su entorno las instituciones normales para crecer, recorren vías perversas de humanización y se socializan en el delito.
—Uruguay supo tener condiciones de crianza sanas...
—En el Uruguay bucólico que todos añoramos...
—Por algo lo añoramos.
—Siempre los recuerdos idealizan o sacralizan momentos de un paraíso que no existió más que como la ilusión reconstruida. La memoria siempre es comparativa e interroga al pasado desde lo actual. Pero es cierto que ha mediados del siglo pasado, el Uruguay tenía redes facilitadoras de una humanización mejor que el mundo posmoderno.
—¿Cómo se rompe el ciclo de la violencia?
—El compromiso de revertir la tendencia de las urbes posmodernas, cada vez más anómicas e impersonales, debe ser tanto del Estado como de la sociedad civil, de los ciudadanos. El problema es que las medidas preventivas si son eficaces no son espectaculares. Igual hay que pensar en cosas concretas: el deporte, nuevos papeles de la escuela y los liceos. Los esfuerzos están atomizados, hay que coordinarlos y unirlos con los empeños de la sociedad civil, porque vamos a un mundo y una región que van a ser cada vez más violentos. La violencia no se reprime, se encauza. Tenemos que revertir las situacines de ruptura social que producen un tobogán del cual cuanto más se avanza más difícil es salir.
—En el origen de la violencia suele estar el abandono, la ausencia de afectos sobre todo en los primeros años de vida. ¿Porqué hay abandono?
—La penuria de la subsistencia convierte al hombre en un bicho. La secuelas de la guerra y de la miseria lo muestran. La tendencia criminal innata explica muy pocos casos de los delitos: los delitos ocurren básicamente por el fracaso de las redes sociales. La humanización se da a través de los núcleos laborales, deportivos, vecinales, crea una trama de vínculos y afectos que son imprescindibles para evitar esa caída abismal en la soledad, en el desamparo y el desarraigo, que es donde lo más abyecto del ser humano brota con toda su fuerza.
—Cuando ese medio natural no funciona aparecen las instituciones, los hogares públicos o privados. ¿Cómo los visualiza?
—En el INAU (Instituto del Niño y Adolescente) está lo mejor, lo regular y lo peor. Pero muchas instituciones rehabilitadoras se transforman en sistiemas disciplinarios y carcelarios, a veces casi sistemas de tortura. A veces ocurre que la red de rehabilitadores y malandras crean trenzas, eso se ve en todo el mundo, y pasa cuando la institución está inspirada en criterios securitarios de control y encierro. Hay que invertir dinero e inteligencia para hacer hogares sustitutos. O sea, instituciones que no tengan una filosofía correctiva o disciplinaria, y que generen un orgullo de pertenencia.
—Algunos interpretan el nuevo Código y la Convención de los Derechos del Niño en el sentido de que no hay que internar, de que hay que reservar la internación para limitadísimas situaciones, incluso en casos de abandono. ¿Qué le parece?
—En términos simbólicos, la institución se puede definir como cerrada o abierta. Un liceo, por ejemplo, puede ser lo mejor o lo peor según la definición de institución que se asuma. Es deseable evitar la internación, no institucionalizar, cuando hay recursos barriales o familiares. Si se logran mejorar las condiciones de salud, de educación, de recreación en el medio natural del niño, se pueden evitar institucionalizaciones. La experiencia muestra que igual tiene que haber lugares de amparo y de control. Ojalá nunca se llegue a casos de encierro total. Pero mientras exista un divorcio tan grande entre el sistema jurídico, el sistema médico psiquiátrico y el educativo, la rehabilitación estará impedida por esta realidad de compartimentos estancos. Muchas veces hay un chico bien amparado y sostenido que podría empezar a salir, pero como hay una sentencia judicial el trámite burocrático de actualización del levantamiento de su condición de libertad puede demorar varios meses, que prolongan el encierro burocráticamente.
—La renuencia a recurrir a instituciones de internado, especialmente en niños chicos, preadolescentes, que a diario se ven tirados en la calle: ¿No está provocando una negación del derecho de esos niños a vivir dignamente?
—El dilema no debe ser internar o no internar. Hay que darle protección al menor. Si es una casa: mejor. Si es posible en su entorno: mejor. Pero el juez es la persona menos indicada para hacer esa valoración. Hay que crear un sistema más fluido donde sea el trabajador social que conociendo el caso valore cómo se protege mejor a ese chico: si puede se protegido por su familia o el deterioro es tan grande que debe ser internado. Lo que hay que ver es cómo es su familia, su madre, su tía: ¿Pueden sostenerlo? Si no es así, hay que internarlo. Lo peor que muchas veces no existe ninguna de las dos opciones.
—En los casos de hechos violentos, esas institiciones están llamadas a atender casos muy complejos, deterioros de años, problemas sociales, psiquiátricos, carencias afectivas de varias generaciones. ¿Cómo cree que deben ser?
—Recuerdo el caso del famoso Cacho, y lo que digo es que destinar todos los recursos de pensamiento e inversión a la realidad más dura es una mala política. Hay que empezar con una acción en masa donde el poblema no está muy avanzado. Un cierto grado de recuperación de la delincuencia se va a lograr si hay buenos educadores, buenos talleres. Pero los recursos deben ir no a los problemas ya desatados sino a la atención precoz. Los otros casos se podrán mitigar en algo, pero los de 17 años ya están en el borde del sistema penitenciario.
—Para esos casos la pregunta sigue siendo: ¿Cómo se desarticula la violencia?
—¿Usted quiere decir cómo hacer un mundo más humano?
—Y sí, se trata de eso todo esto.
—¿Por dónde quiere empezar, por Israel, Bogotá, Ruanda, Iraq...?
—Empecemos por preguntarnos: ¿Qué es lo humano, ser violento o ser pacífico?
—Las dos cosas. La misma persona puede ser un ángel o un lobo, un bicho o un ciudadano normal, según las circunstancias. El dispositivo que frena la crueldad es un mecanismo que tiene que ver con la civilización y con el control y la sanción. No hay una explicación a la violencia, sino mecanismos de convivencia que facilitan una u otra cosa. La inequidad, la exclusión, una distribución injusta de los materiales de consumo y los bienes simbólicos, rompen esa red de protección y disparan la violencia. Hay que pararla allí.
Construcción democrática como norte
Marcelo Viñar es psiquiatra y psicoanalista. Miembro de la Asociación Psicoanalítica del Uruguay (APU), es el creador y coordinador del Grupo de Investigación sobre Infancia y Adolescencia Marginadas. Semanas atrás presentó junto a otros psiquiatras y psicólogos el libro "Niños fuera de la ley", donde plantea el conocimiento de la subjetividad de los jóvenes infractores para generar nuevas políticas en la materia. Viñar ha escrito diversos trabajos sobre los efectos de larga duración de la dictadura sobre la sociedad y de las torturas sobre las personas. Días atrás participó en Sudáfrica de una reunión de la Fundación Nelson Mandela sobre la Iniciativa para la Reconstrucción de la Paz que lleva adelante la institución del Premio Nobel que pasara largos años en las cárceles del sistema de apartheid. En ese encuentro Marcelo Viñar presentó una ponencia en la que sostuvo que: "Como enseña Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo, el desafío es reconocer y combatir sus tempranas y precoces expresiones y preservar a todo costo la pluralidad democrática".