Rebar
Ayer se conmemoró un nuevo aniversario del Descubrimiento de América. A 513 años del gran acontecimiento, resulta extraño comprobar que, entre aquel mundo y el actual, existen algunos matices que los emparentan. Sirva como confirmación de esto el hecho de que lo que está haciendo hoy nuestro gobierno ya lo hacía, más de medio milenio atrás, Cristóbal Colón, con lo cual eso tan mentado de "el cambio" queda un tanto desmentido: más aún, suena a plagio.
Según el investigador e historiador Daniel J. Boorstin, Jon Cristóforo surge como el primer buscador de inversores para respaldar un proyecto, en su caso "La empresa de las Indias". Al no haber en la época —como hay ahora— los poderosos organismos internacionales que se prestan para prestar, el tipo debió arreglárselas como mejor pudo a fin de financiar la realización de su gran sueño. Tenía un socio fiel y vivísimo en su hermano Bartolomé. Cuando el negocio de la navegación insinuaba su auge (1480 d.c. y 525 años antes de López Mena) los Colón Brothers instalaron un comercio en Lisboa, donde dibujaban y vendían cartas de navegación que daban, a los usuarios, la absoluta seguridad de perderse con un año de garantía. Ambos eran —como dice Boorstin— una especie de periodistas marinos, adelantándose a lo que tan bien hace el querido Emilio Cazalá en nuestro diario. A medida que los compradores de tal cartografía terminaban haciendo gárgaras en el fondo de los mares, Colón —animado por la disminución de competidores— se dispuso a impulsar definitivamente su plan y salió a "pescar" inversores: no le sería sencillo explicar su intención "turística", por algunos defectos de comunicación que el citado Boorstin describe; Colón no había podido aprender italiano, en cambio aprendió —por sus propios esfuerzos— a leer y escribir en castellano, pero al escribir en castellano utilizaba la ortografía del portugués, idioma que nadie sabía dónde corno pudo aprenderlo: y, por último, para terror de todas las lenguas conocidas hasta entonces, se animó a leer en latín, renunciando —para alivio de todas esas lenguas— a hablarlo. Y reparen ustedes en este milagro: pese a que nadie le entendía ni una sílaba, de semejante "cocolicheo" fue gestándose el embarazo del Nuevo Mundo.
La lista de candidatos a colaborar en el proyecto se inició con Juan II de Portugal: siguió con el Conde de Medinacelli (armador de barcos) interesado en apoyarlo, que desistió de hacerlo ante la oposición de la reina Isabel, que entendía que si aquella expedición se intentaba algún día, debía ser una empresa real. El genovés ensayó nuevas mangas frente a otros monarcas europeos que no le soltaron ni una miserable moneda: hasta que, por fin, Isabel la Católica se proclamó la gran inversora: 3 Carabelas 3, partieron hacia las Indias; le erraron... podían haber aparecido donde hoy está la cancha de Danubio. No importa. Del error nació América, el continente de la esperanza.
¡Povero Cristóforo!... ¡Si supiera cómo estamos!