SILVIA PEREZ
Papá, ¿vamos al Mundial?", le preguntaba un niño de unos cuatro o cinco años a su padre a la salida del Centenario.
El hombre que se iba compartiendo la felicidad con una multitud que no conocía pero que caminaba a su lado, le respondió que todavía faltaba un poquito.
Anoche los uruguayos regresaron a sus hogares sin grandes euforias pero con una profunda felicidad.
Ellos también habían cumplido con su papel. Habían vuelto a llenar el Estadio para apoyar a la selección. Las tribunas Amsterdam y Colombes estaban repletas. Esta vez Peñarol y Nacional habían empatado.
Se habían vestido de celeste de pies a cabeza, algo que se ha vuelto una saludable costumbre en los últimos tiempos. Porque ya casi no se ven camisetas de Nacional ni de Peñarol, ni de ningún otro club. Todos visten de celeste.
Y los jugadores sintieron el apoyo. Lo percibieron desde que salieron a las 20:30 horas del Complejo de la AUF. Lo vieron en las caras de los que salieron a saludarlos a la ruta y a Av. Italia y en los más de 30 automóviles que los acompañaron en caravana.
Lo sintieron cuando se bajaron del ómnibus en el Estadio y el griterío de apoyo les pegó en el rostro.
Lo sintieron cuando vivaron sus nombres que se escuchaban en los altoparlantes que anunciaban la alineación del equipo de Fossati.
Lo sintieron cuando el Estadio entero cantó el himno como pocas veces. Lo percibieron con la ola y con cada grito de "¡soy celeeeste!". Lo escucharon con los silbídos a los argentinos olvidando, al menos por un momento, el favor recibido cuatro años antes.
Por eso apenas salieron a la cancha encabezados por el capitán Paolo Montero, se dirigieron a la mitad del campo y aplaudieron al público. Por eso los aplaudió Recoba cuando fue sustituido y lo mismo hizo Diego Forlán cuando abandonó la cancha. Y todos lo repitieron al final.
Y seguramente, desde la cancha durante el partido, también percibieron el sufrimiento de la gente. Porque no fue fácil. Nunca lo es para los uruguayos. Por eso la inyección de tranquilidad del gol de Recoba en el primer minuto del segundo tiempo no duró mucho. Solo hasta el siguiente contragolpe argentino.
Todos sabían que Colombia ganaba en Asunción y que si los muchachos de Pekerman apretaban el acelerador y empataban los uruguayos nos despedíamos de Alemania.
El público se sintió parte de la cosa. Y ese grupo celeste que de repente a Fossati al principio le pudo haber parecido difícil de formar se fue haciendo cada vez más grande y más unido. Tanto que ya lo integran 3 millones.
Y para ganar el partido de anoche colaboraron todos. Cada uno desde su lugar. Porque seguramente los que no pudieron ir anoche al Centenario y lo vieron por televisión o simplemente los escucharon por la radio también ayudaron con la buena onda de sus corazones palpitando por la celeste.
"Papá, ¿vamos al Mundial?", le preguntaba un niño de unos cuatro o cinco años a su padre. Y la respuesta de este fue atinada. "Todavía falta un poquito", le dijo. Probablemente, con el enorme grupo que la selección ha conseguido formar a su alrededor va a poder estar en Alemania. Si lo integran 3 millones.