Alta sociedad

La partida de nacimiento marca Nueva Orleans y el acta de bautismo supuestamente una capilla particular. "La de la familia" dirá el gran mitómano. No nace en la pobreza pero sí en medio de desajustes económicos entre el padre que se va, la madre que no asume responsabilidades y las excentricidades de la familia. Truman Capote edulcorará un poco la historia, se cuidará bien que ninguno de los protagonistas sea normal del todo, víctima del todo, infeliz del todo y escribirá El arpa de hierba. Inaugurará el chic provincial: se puede ser refinado aún en medio de las miserias de Mississippi.

Sin recursos económicos, aislado de contactos, llamativamente homosexual, escaso de estatura, cara de querubín en entorno craneano desusado (lo que rompía el efecto) y cabellera rubia y lacia que se evaporó antes de los 30 años, Truman Capote parece destinado al fracaso en una de las dos pasiones que le quitaban el sueño: la mundanidad. Es un mensajero con voz de corneta y una risa tan parecida al cacareo que en los dos primeros trabajos editoriales que tuvo al principio, como mensajero, le colocaban un nidal cada vez que se levantaba y abandonaba su sitio. El de "New Yorker" lo había hecho con plumas de garza rosada en una sombrería famosa de la 5ta. Avenida. Con desparpajo el muchacho se la colocaba en la cabeza, como si fuera una corona, a su regreso, y se pavoneaba entre contoneos mientras andaba de tareas internas. ¿Cómo pudo ese ser alocado y desvalido convertirse en el niño mimado de la alta sociedad neoyorkina en tiempo récord y antes que su celebridad literaria lo convirtiera en un par de esas mujeres riquísimas y a menudo de alcurnia que lo elegían como confidente, un error que luego pagarían con sangre? ¿Cómo pudieron perdonarle que tuviera un padrastro cubano que ni siquiera tenía una plantación de caña de azúcar en su pasado? ¿Cómo pudieron aceptar sus antecedentes burgueses, su falta de roce, su desconocimiento de la etiqueta, su falta de modales, sus desvaríos, sus ataques de histeria y sus descontroles emotivos? Una inteligencia tan fuera de lo común como su malignidad, un humor rebozante de gracia y cierto ángel lo dotaban del carisma que necesitaba para inmiscuirse en un ambiente lujoso y sofisticado que premiaba lo snob. A salvo del corset y la filosofía hipócrita de la nobleza, los millonarios norteamericanos podían permitirse cualquier capricho aparte de hacer alardes de desinformación en áreas que no tuvieran que ver con el poder, la opulencia o los juegos de salón. Para ellas, las amigas generosas de Truman Capote, el porvenir de los estados sureños era una señal de estima. Ese mundo decadente poseía algo de aristocracia como habían aprendido con Margaret Mitchell en Lo que el viento se llevó y sobre todo, con Tennessee Williams en piezas teatrales luego llevadas al cine. Entre el modelo de virilidad que propiciaba Marlon Brando y el de locura polvorienta y entre encajes de Vivien Leigh el imaginario colectivo fue capaz de armar una especie de escudo de armas. Ser del Sur no estaba mal visto del todo. Lo imperdonable era pertenecer al Medio Oeste.

El propio Sur propició la leyenda y el malentendido. De nada valió que William Faulkner pintara las miserias de un territorio duro y áspero como el Yoknapatawpha County que impone como prototipo de corpus literario, aunque Oxford, su ciudad natal, fuese el Jefferson de sus novelas. Ni que Erskine Caldwell pintara una realidad cruel sólo habitada por seres obscenos y nada heráldicos. Curson McCullers y Katherine Anne Porter pudieron abonar la confusión. Lo mismo que Willa Cather. Las tres, sobre todo la primera, mezclaron elegancia, refinamientos y obsesiones familiares en medio de climas turbios y sabores agrios. Pero las tres, de pronto sin quererlo, aludían a una sociedad de elite. El gran culpable fue Tennessee Williams más por el personaje que representó en vida que por el tipo de teatro que hizo más cerca de lo lunático que del glamour. Entre todos se cobraron la derrota de la Guerra de Secesión.

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