Hace un siglo murió Julio Verne, uno de los escritores más imaginativos de la historia de la literatura. La esponja del tiempo, que tanto borra como pule, no ha sido en absoluto impiadosa con este autor de incontables fantasías, fuertemente unido a momentos inolvidables de todo lector. En especial, en los días azules de la infancia, como decía Antonio Machado. Porque, en verdad, Julio Verne no ha sufrido el peso del olvido ni del silencio; es más, periódicamente da señales de fervor y de arraigo entre los lectores de las nuevas generaciones, a los que sigue atrapando.
Al parecer no puede pronunciarse el nombre de este fabulador impar, sin que uno se sienta removido por el confuso fondo de los recuerdos de esa época juvenil, cuando, al leer, soñamos con los ojos abiertos.
Y, sin embargo, Julio Verne no fue un aventurero: fue un viajero inmóvil. Nacido en Nantes, en 1828, fue un apasionado por la literatura. Tempranamente escribió su primera obra: una pieza teatral que se estrenó en 1850, y apadrinada nada menos que por Alejandro Dumas. Poco tiempo después escribió el relato "Un viaje en globo", el cual retomaría más adelante para transformarlo en la celebrada novela "Cinco semanas en globo".
A los 29 años se casó con una señora viuda, tres años menor que él y madre de dos niñas. Desde entonces, gracias a su suegro, trabajó como agente de cambios; este oficio le permitió alcanzar rápidamente una importante holgura económica como para permitirle dedicarse sólo a cultivar las letras. Y así lo hizo. Trabajó como un artesano. Y fue publicando un libro tras otro, sin prisa, sin pausas.
No hay motivos para acusar a Julio Verne de falta de imaginación. Realizó sesenta y cinco viajes imaginarios. Todos ellos plenos de atracciones y de aventuras y absolutamente disfrutables. Transfiguró las emociones de su siglo en invenciones memorables y de manera directa o indirecta todos sus libros tienen connotaciones de orden histórico, científico o geográfico. También poseen un estilo, tenue y afectuoso a la vez, que prevalece por encima del pánico ante lo desconocido, es decir, frente a una ciencia poblada de cacharros inolvidables y que, entonces, atemorizaba a todos. Finalmente, se ha demostrado que, en verdad, aquellos miedos no eran para tanto.
Entre sus invenciones, debemos citar al célebre submarino "Nautilus"; al cohete que se elevó rumbo a la luna, desde Miami, y que imaginó cayendo en el mar; y ello sucedió a unos cuatro kilómetros del lugar donde lo hizo tantos años después la nave Apolo; y, en fin, recordemos al "Albatros", que era una especie de helicóptero, entre tantos otros inventos.
Desde el punto de vista literario, Julio Verne creó una galería de personajes que, al igual que sus máquinas, no ha sido tocada por el tiempo. Y ahí están, vivos, el Capitán Nemo; los hijos de Grant; Miguel Strogoff, el correo del zar; Phileas Fogg y Robur. Todos ellos están integrados a la vida misma de los lectores, porque son personajes tan cercanos como seguir viviendo con cada uno de nosotros, integrados a la propia experiencia.
Nunca pudo ingresar a la Academia Francesa de Letras, como deseaba, pero Julio Verne ingresó igualmente a la posteridad. Lo hizo hace cien años, en marzo de 1905, gracias a las aventuras de su imaginación, que lo pasearon por lugares inverosímiles sin que por ello dejara de ser un hombre sencillo, retraído, provinciano, escrupuloso, débil, arriesgado, infantil e inmortal.