Hace unos días estaba en Dublín, capital de la República de Irlanda, al momento en que llegaba la noticia de que este país, que hace diez años atrás estaba en el campo económico y social más o menos como nosotros, actualmente ha trepado al 8º lugar en el mundo en el "ranking del Indice de Desarrollo Humano", de acuerdo con el estudio oficial que realizan anualmente las Naciones Unidas (el Uruguay ha retrocedido notoriamente al lugar 47º de dicha tabla).
De acuerdo con opiniones calificadas y trabajos de análisis sobre el punto, Irlanda, un país de base agropecuaria azotado en el pasado por terribles hambrunas que motivaron emigraciones nutridas, debe su actual progreso al beneficio que le ha representado el acuerdo de inversiones con los Estados Unidos —desde este país provienen considerables emprendimientos que se han dirigido en parte importante a sectores de tecnología de avanzada—; a su integración a la Unión Europea (la moneda irlandesa es el euro) y a su vinculación permanente con Gran Bretaña, país emparentado y vecino que comercial y parcialmente se ha integrado con Europa continental, aunque manteniendo un perfil independiente, entre lo que cuenta el mantenimiento de la libra como moneda fuerte y oficial.
Notoriamente —además— en los últimos años los irlandeses han venido superando el conflicto secular y sangriento que en el norte del país enfrenta a protestantes pro ingleses y monárquicos con los republicanos y separatistas católicos, respecto de todo lo cual no existen pronósticos de ajustes de cuentas de proyección eterna y por el contrario sí los hay de borrón y cuenta nueva.
Volviendo al pago todo es lo mismo o peor. Lo último y más grave lo constituye el presupuesto nacional de ingresos y gastos que se propone al Parlamento, en el que destaca la creación de cargos de confianza a borbotones, cuya única finalidad es la de satisfacer la voracidad de cargos de los conmilitones frentistas. Proclamándose al mismo tiempo reformas regresivas en instituciones vitales como las Fuerzas Armadas y su sistema de ascensos o abriendo el escalafón en el servicio exterior en perjuicio de funcionarios profesionales que han dedicado la vida a la tarea diplomática.
Por otra parte la proyectada reforma tributaria con énfasis en el impuesto a la renta personal, es hoy factor de incertidumbre, ya que existe la sensación térmica de que tener a la vista un peso en el Uruguay llevará a su tenedor a transformarse en víctima de la vampiresca sed del Estado, que no se perfecciona, no ahorra, no se racionaliza y que cada vez desea acrecer más sus arcas con los padecimientos de aquellos a los que bien se ha definido como "los nabos de siempre". No ha de olvidarse que la cuestión viene de la mano con un invento de reforma del sistema nacional de salud en el que todos quienes no supieron administrar lo que está, van a hacerse cargo de un monstruo gigantesco que derrochará favores y castigos de acuerdo con la voluntad de un impredecible César.
La opción internacional bolivariana y chavista, la Intendencia de Maldonado que quiere vacunar a los tenedores de inmuebles con "impuestos solidarios" multiplicando hasta la exageración los daños de un reciente temporal, miembros de la bancada oficialista que en el Parlamento anuncian deben derogarse las sociedades anónimas —o más o menos— otros que piden el fin del secreto bancario y otros la muerte de las sociedades anónimas rurales para el agro, se suman al coro mencionado. Por otra parte, a la vista están los 15 despedidos de una estación de nafta que cerró sus puertas luego de una ocupación alentada y promovida por el gobierno en nombre de no se sabe bien qué cambio. El oficialismo seguirá diciendo que nuestro país es una jauja para invertir, las señales que emite apuntan en sentido contrario.