Ladridos en latín

Durante algunos años de mi larga vida, disfruté de la compañía de un perro. Sueño frustrado de ovejero alemán, se parecía a éste como suele pasar con los primos. "Bobby" era vivaz, alegre, inteligente, cariñoso, fiel... y la familia lo incorporó como un "miembro" más. En la recordada casa de Atlántida en que pasábamos los fines de semana, disponía yo de un amplio lugar de trabajo, con capacidad para una buena biblioteca, y una mesa generosa para recibir diarios y revistas. Toda vez que me encerraba allí para leer, escribir o escuchar radio, "Bobby" me seguía. Recorría con su mirada los libros: se detenía en algunos para olfatearlos más que al resto; y luego se echaba sobre una alfombra de cuero vacuno para dormir con... un ojo abierto. Un día cualquiera abandonó esa costumbre. A la hora de la siesta —algo que por entonces yo no necesitaba como ahora— "mi amigo" prefería andar por el césped que decoraba el frente, y me dejaba solo, trabajando "con silencio a favor".

Cierta mañana, mientras me sumergía en la lectura de El País, llegó hasta la hamaca y se sentó frente a mí: lo miré serio y lo increpé: "Usted está muy sucio conmigo. Ya no se asoma por el escritorio para acompañarme. Ha dejado de quererme". Seguí leyendo: no lo vi ni lo escuché al irse. Luego de un rato, marché para el escritorio... y allí estaba "Bobby", fingiendo dormir sobre la alfombra. Me pareció que había llorado.

Que el perro es la más perfecta combinación de talentos, nadie debe dudarlo. Sucede que tiene perfil bajo: y no anda a los ladridos alardeando de lo que sabe. Es más: hay ejemplares de la raza canina que buscan su perfeccionamiento cultural. Ahí está —valga el ejemplo— ese pichicho que (según lo publicó días atrás nuestro diario) apareció por la Facultad de Humanidades y se sumó, con absoluta naturalidad, a los alumnos que seguían atentamente una clase de latín. El "bicharraco" observó respetuosamente al profesor, y cuando éste abrió un paréntesis para un breve descanso, el discípulo perruno salió al patio a estirar... las patas. Al reanudarse la clase volvió al salón, y reinició su postura de escuchar al docente. Sólo le faltó lamerlo al final, de puro agradecido.

En contraste con esa inquietud de profundización de conocimientos demostrada por "el perro de Humanidades", comento una escena que pude ver por TV el domingo 21 de agosto, durante la trasmisión del partido entre San Lorenzo de Almagro e Independiente, por el torneo argentino. Iban 1 a 1: se jugaba tiempo adicional, y el juez de la brega —Daniel Giménez— pitó un foul: la hinchada del cuadro castigado con el fallo se lo quería comer. Fue entonces que un perro —acaso el líder de la barra brava perruna del equipo sancionado— vino no se sabe de dónde (como el indio de Silva Valdés) y yendo directamente al árbitro le mordió los tobillos y salió disparando. Fue la primera vez que un participante de un match de fútbol terminó su faena con los tobillos afectados, pero no por esguince, torcedura, fractura o cosa semejante, sino por algo bien distinto: mordedura de perro.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar