El fenómeno de la corrupción en el entorno de Lula sacude a Brasil. Pero hay un episodio más profundo, globalizador y menos interesado que tiene a la totalidad de las brasileñas al borde de otro Grito de Ipiranga, inducido por el estado de charme que ha adoptado un señor de 60 años que fue durante mucho tiempo la conciencia musical del país y ahora funciona como el último sex symbol. Chico (Francisco) Buarque de Holanda ha llegado intacto a su primera mitad de siglo mientras que sus compañeros de Parnaso engordaron, quedaron pelados, o se tiñeron mal. Algunos murieron, otros se dedicaron a la política y otros, como Caetano, revelaron que cambiaron hasta de ideología el día que se borraron de hippies. Y a las mujeres les fue peor. Elis Regina es un mito del que siguen prendidos todos los músicos. "El día que apareció no pude componer para nadie más", revela el propio Chico y no es el único; ahora intentan conformarse con su hija. Gal Costa ya no es un aluvión de curvas sedosas: es una dama mayor, cuidada. María Bethania es una señora mayor. Nara Leo se fue del todo, después del registro de Olhos nos olhos, cuando Chico le escribió la primera canción realmente femenina. Hasta ese momento los grandes compositores como Barroso o Valente las trataban de reinas de su casa, siempre moviéndose bajo la vigilancia masculina. Eran señoras bajo el rigor ajeno. Y falsamente obedientes. Chico las liberó pese a que en esos tiempos había teatros de revista y actrices con roles musicales. Pero todas estaban sometidas. Como siempre Chico les alteró los planes.
Ney Matogrosso asegura que nadie les canta a las mujeres como Chico Buarque y es como si lo dijeran las mismas mujeres.
Ellas a su vez aseguran que cuando Chico canta Teresinha lo hace al imaginario femenino colectivo. Interpreta Teresinha y el mundo femenino se derrite en medio de estremecimientos perceptibles. Y los furores aumentan ahora que tiene 60 años y el mundo se derrumba a su alrededor mientras él conserva los rulos canosos, los ojos verdes que le envidiaba Milton aunque dijera que no, los dientes que nadie le menciona por precaución, blancos y grandes como teclas en donde despliega una seducción que expresamente esconde de sus ojos: a los que vacía de contenido porque sabe que de esa forma los subraya estéticamente. Divorciado de Marieta Severo, una gloria del teleteatro brasileño con la que estuvo casado mucho tiempo, compartió el exilio y tuvo hijos y nietos, el señor vuelve a la soltería mientras las brasileñas suspiran.
Es algo más que el "belo rapaz de olhos verdes" que hacía sufrir el talante mulato de Caetano. Es un músico fuera de serie, un compositor excepcional que figura entre las grandes glorias del continente. Un reciente tríptico recoge en DVD los numerosos momentos de una carrera impar. Es un documental con varios picos de un itinerario inusual en cualquier geografía. Instalado en París, en Roma y en Río, el rey de los 60 habla de las mujeres, los amigos que hicieron tándem con él, la censura. A través de Vai Passar, Meu caro amigo y A flor da pele, la imagen casi hollywoodense de Chico, su cadencia musical única y ese don de disfrazar de cotidianidad los grandes temas se apoderan del oído del Occidente latino. Está memorable con Dorival Caymmi, al que conquista desde un plano intimista; generoso con Caetano, laborioso con Hime, acopladísimo con Milton Nascimento, más frío con Jobim porque Jobim es un pez aunque su asociación con Vinicius de Moraes le dejó una marca de fuego a la piel de Brasil, un dandy con Nara, un dios con el resto de sus compañeros de ruta. En el estilo sofisticado y por momentos mundano que gasta un aristócrata de corazón popular cuyo abuelo fue una gloria de la diplomacia y su padre un historiador de prestigio.