Regalo de San Ignacio

Hoy es el día de San Ignacio de Loyola. Iñigo López de Recalde —que ese era su nombre— vivió entre 1491 y 1556. Santo español, siendo oficial del ejército fue herido gravemente por los franceses durante el sitio de Pamplona y durante el reposo extenso para curar sus severas heridas, la lectura y meditación despertaron su vocación de dedicar por entero su vida a Dios. Marchó a Monserrat y luego a la Cueva de Manresa, en donde entre 1522 y 1524 compuso la formidable obra de "los Ejercicios Espirituales", que editada por primera vez en Roma en 1548 causó un efecto sísmico, removedor, en el movimiento espiritual de la Iglesia. Visitó Tierra Santa y regresó para completar estudios de latín en Barcelona y luego filosofía en Alcalá y Salamanca. Con fuerte bagaje de cultura universal fue tiempo después, en París, en donde concibió la idea de fundar una congregación religiosa, proyecto que puso en práctica luego de ser ordenado sacerdote en 1537 y celebrar al año siguiente su primera misa. Así nació la Compañía de Jesús, el ejército de los Jesuitas "hueste belicosa y fiel", que una vez muerto su Fundador y General adoptó como su base y motor que la dinamizó hasta hoy las Constituciones que Iñigo redactó en 1550 y que se publicaron en Roma con el título de "Constitutiones Societatis Jesu".

La "Compañía" en sus más de cinco siglos de vigencia permanente se caracterizó, entre otras virtudes sobresalientes, por su tarea educadora que expandió por el Universo. Su historia es de abnegación y heroísmo. Las Misiones Jesuíticas, por poner un ejemplo conocido por todos, son célebres y esa maravilla natural y arquitectónica marca a fuego el testimonio de su presencia en los territorios que se juntan de Argentina, Brasil y Paraguay. Aquí estamos conmemorando los ciento veinticinco años de la instalación de la Compañía con su Colegio del Sagrado Corazón, el viejo y querido Seminario de nuestra infancia y adolescencia que llevamos tantos en nuestro corazón, allí en el sitio más reservado en donde guardamos los recuerdos de nuestros mejores años de vida, las gratitudes más francas, los sentimientos más afectuosos.

El Seminario de hoy es sustancialmente el mismo de un siglo y cuarto atrás. Es un colegio abierto a educandos de todas las clases. Allí se sientan hermanados el hijo del empresario y el del obrero, no hay distinción para nadie. El alumno formado por los Jesuitas se distingue rápidamente del promedio, lo denuncia su actitud, su manera de encarar la vida, su valentía para afrontar dificultades, su entrega a la vocación del lema de siempre, del "Ut Serviam", del vivir para servir. El alto nivel de los docentes se mantiene incólume. El sentir todavía al Colegio como nuestra casa es costumbre, como es imperativo el leal cumplimiento del deber de compañerismo. Todos los 31 de julio nos llegan con la misma emoción. Y permítaseme terminar con una licencia en el orden personal, porque en mi relación con San Ignacio hay tres mojones de arraigo inamovible. Soy padre del Ignacio de San Ignacio a quien se lo pedimos con Teresita con su nombre resuelto al ser concebido, para dedicárselo a él, y nos lo dio hace hoy exactamente cuarenta años, justo en su día. Luego, cuando por primera vez en Roma, frente a su tumba, le prometí que volvería con su Ignacio para agradecerle juntos y finalmente el día en que pude cumplir con esa promesa.

Perdonen, pero creo tener derecho a contar esto que algunos llamarán casualidad y yo siento como un regalo.

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