Adrián y su duende

| Antonio Larreta

A la hora señalada, se concentra una luz malva sobre el atril del Lawn, entra el artista con el violín y su arco, saluda apenas con un movimiento de cabeza, se dirige al atril y ataca un tema de Bach. Uno cree que el concierto ha empezado, pero se equivoca. El violinista suelta, deposita más bien, su instrumento y el arco y recoge rápidamente unos papeles que distribuye a un público mitad desconcertado, mitad cómplice. Son fotocopias de dos partituras, de Bach, naturalmente. El artista explicita sus intenciones. Familiarizar a los oyentes con sus propios materiales de trabajo. Efectivamente el público mantiene en su manos el galimatías sagrado con toda naturalidad, como algo que sorpresivamente le pertenece, mientras el artista ha empezado a hablar en un tono de conversación casi íntima sobre el proceso de creación de Bach, ilustrando la creciente complejidad de la fuga barroca, concretamente la perteneciente a la sonata que promete el programa. (Sonata Número 2 para violín solo).

En el escenario tiene una soltura envidiable. Estamos en su casa, no en un teatro. Se creería escuchar a un niño alborotando en el cuarto deal lado. El niño podría ser hijo del violinista o del prolífico Juan Sebastián, tal es el grado de identificación que solicita y obtiene del público este inesperado mago que hemos tomado por violinista. Después sabremos, de la mejor fuente, que en la Academia Juilliard, donde fue becado cuando era casi un niño, una de las materias, la única aparte de las que se refieren a la música, era llamada scene (escena, escenario) y en ella se enseñaba a los futuros músicos el mejor modo de entrar a escena, de saludar, de sentarse, de escuchar al solista, de manejar su instrumento y hasta de salir con elegancia cuando uno es silbado.

Adrián Varela, que así se llama el violinista de esta historia muy personal, vivida por el columnista la noche del jueves en el teatrito del Lawn, con el que se siente por supuesto muy identificado, aprendió todo eso pero le pudo agregar una predisposición natural que incluye modestia, simpatía, un pizca de picardía, una vocación didáctica que no implica arrogancia ni discurso, sino el deseo de involucrar a su público en las maravillas de la creación musical, de convertir un concierto en una convocatoria de plena participación. Todo eso culmina, por supuesto, en una interpretación magistral de la complejísima sonata número 2 para violín solo, cuando todos estábamos mejor preparados para disfrutarla. Y como bis, un movimiento de la sonata número 3, de una modernidad asombrosa. Cierro esta columna con una explicación de su propio título. Adrián (el público ha empezado a llamarlo así) exhibe por instantes una mirada entre infantil y burlona que me hizo pensar en el duende Puck. De ahi pasé a comprender que la asociación debe haberme llegado a través del otro duende, el lorquiano, esa condición mágica indefinible que es privilegio de algunas bailaoras, de algunos toreros, de algunos poetas. Y de algún violinista, claro.

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