Son cada vez más numerosos los "días homenaje"; las fechas que conmemoran temas, asuntos o figuras. Pero posiblemente hoy estamos ante uno de los más significativos: en todo el mundo se celebra el "día mundial del refugiado". Un fenomeno silencioso que recorre los cinco continentes, en los cuerpos de más de 20 millones de personas que debido a fundados temores de ser perseguida, se encuentran fuera del país de su nacionalidad, o desplazados al interior de éste.
La Acnur (Agencia de la ONU para los Refugiados) señaló el viernes que el número global de refugiados descendió un 4% por ciento en 2004, estimándose en 9,2 millones, la cifra más baja en casi un cuarto de siglo.
Sin embargo, el número de desplazados internos y de apátridas continúa siendo alto: más de 20 millones de personas fueron atendidas por Acnur si tenemos en cuenta también estas poblaciones. Pero además continúa siendo alto porque, como señala Antonio Guterres, que empezó a trabajar como décimo Alto Comisario de las Naciones Unidas para los Refugiados el pasado miércoles, "detrás de cada número hay un ser humano", una historia de penurias, persecución y violencia.
Los acuerdos de atención a refugiados datan de 1951. Sin embargo, el mundo ha cambiado mucho desde que hace 50 años Europa occidental estaba tratando de sobrellevar las secuelas de la Segunda Guerra Mundial, que arrancó a millones de sus hogares.
Durante la década de los 90 estallaron conflictos internos de un nuevo tipo, de larga duración, baja publicidad y costos enormes en vidas humanas. Pero quizás el factor que causa la mayor confusión es el migrante económico, y la dificultad que presenta el diferenciar entre refugiados genuinos que escapan la persecución y aquellos que se van en busca de una vida mejor.
Con las rutas legales de inmigración a muchos países occidentales limitadas al extremo, más y más expulsados están utilizando los servicios de los traficantes de personas.
Casos como el de Mohamed Abdille, un somalí que estuvo detenido casi dos años en cárceles estadounidenses y centros de detención porque había pedido asilo inicialmente en Sudáfrica, muestran que los gobiernos occidentales tienden a considerar a la gente que llega a sus costas sin haber sido invitada, una amenaza. El hecho de que en su primer país de asilo Abdille había sido golpeado hasta que quedó inconsciente y que Sudáfrica se negaba a recibirlo de nuevo, no convenció a los tribunales de Estados Unidos. Para llegar al nuevo continente, Mohamed había recurrido a un traficante.
De cualquier modo, son los países en desarrollo, no los desarrollados, los que cargan con casi todo el problema de los refugiados. Por dos décadas, Irán ha sido el anfitrión más generoso del mundo, acogiendo a más de dos millones de afganos e iraquíes. A pesar de haber abierto sus fronteras en 1979 —en nombre de la solidaridad islámica—, ha recibido muy poca ayuda internacional.