Disfrute ahora: pague después

Esta apelación publicitaria —que suele mantenerse apagada durante diez u once meses, y vuelve a encenderse en vísperas de Turismo— dinamiza con invariable impacto anual a quienes barajan planes vacacionales para elegir el más viable. Uno de los puntos soñados es Cancún. La fama de la playa mexicana estaba, desde hace años, goteándole el cráneo al príncipe saudita Alwaleed que, para no quedar enganchado en las eternas cuotas a que condena esa promoción, se trazó un programa de ahorritos que le permitiera, algún día, sacarse el gusto de bañarse en esas aguas del Caribe mexicano, cambiando el turbante por un sombrerote de charro. Poniendo con sacrificio dolarcito sobre dolarcito, llegó a una suma que lo habilitó para culminar su ilusión, y compartirla con algunos allegados a quienes invitó para refrescarse y zambullirse sin costo alguno.

Como la claridad bien entendida empieza por casa, los primeros elegidos fueron sus cuatro hermanos, descendientes directos del Rey Momo como auténticos "vagabundos de fibra", afortunadamente afectados por el desempleo y, por lo tanto, siempre prontos para vacacionar. En orden de elección preferencial, surgieron luego las 52 esposas del príncipe, que componen "la Caravana del Buen Humor" que acerca una matraca a Alwaleed cuando lo ataca la depresión por la crisis y solicita, con urgencia, servicio de emergencia sexual. Después, figuró una lista de trabajadores, empleados y siervos, que acompañan en sus excursiones al heredero del trono saudí a fin de responderle —cada vez que les pregunta qué hora es— "la que usted ordene, señor".

La alegre patota partió en dos grandes aviones propiedad del muchacho: uno, destinado a la familia real; y el otro, para la plebe y el equipaje. Al llegar a Cancún —en lo que parecía una manifestación por el 1º de Mayo— se hospedaron todos en el Ritz Carlton, donde se les habían reservado cuatro pisos con vistas a la calle y rebote de miradas en los placares: se desplegó entonces un cargamento arribado en un contenedor de 12 toneladas en que venían, desde los más rutilantes testimonios de la última moda hasta fotos de "Saúl el timbero", noble miembro del familión que domina en Arabia Saudita que, en la década de los ‘50 del siglo pasado, se jugó las rentas del Reino en los Casinos de la Riviera Francesa apostando a parejas negras. Se supone que cuando terminaron de acomodar aquellas prendas, Alwaleed pronunció una de sus frases mejor elaboradas: "Bueno; llegó el momento de irse".

A lo largo de la semana de estadía, Alwaleed y su tribu "cerraron" discotecas, bares, parques temáticos, zonas playeras y hasta salas de cine, para el exclusivo goce de familiares, amigos y futuros deudos. El personal dedicado a la atención de tan distinguidos huéspedes esperó en todo instante, sin el mínimo disimulo, las regias propinas regias que acostumbran a distribuir esos magnates entre transportistas, maleteros, mozos y camareras del hotel... y taxistas, uno de los cuales, por el simple hecho de trasladar a un miembro de la comitiva hasta un centro comercial y esperarlo, recibió 4.000 dólares de propina. Arrancó la bandera del taxi, y en su lugar colocó la de Arabia Saudita.

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