Miguel Carbajal
Cuando las arrugas comenzaron a cercarla cometió perjurio y afirmó que nunca se tocaría la cara. Alguien había usado la "boutade" antes que ella y la repitió con gracia: "Nadie va a robarme lo que me he ganado con tanto trabajo. Y tanto placer", dijo. O algo así. Negándose a la posibilidad de una cirugía estética, jerarquizaba su situación y coqueteaba con sus encantos, aún a salvo de un ataque fatal. Después de Benicio del Toro, que llegó mucho después, tenía las ojeras más impúdicas que se hubieran vista jamás en el cine. Y una boca gorda y deformada que durante mucho tiempo se asoció con el pecado y ahora con el botox. Una actriz de su talento, insinuaba en una segunda lectura, podía permitirse el lujo de envejecer con dignidad, sin retoques. Y cuando los años se le vinieron realmente encima y además de ser admirada quiso seguir siendo deseada, se olvidó de las mentiras y Jeanne Moreau se alisó con alevosía. Los jóvenes que se encontraron con ella en el inicio de las entrevistas parisinas de James Lipton y no la conocieron en sus años de oro, sólo vieron una septuagenaria coqueta, de buen ver, muy pendiente de su pelo, y tan planchada que hasta le alisaron el charme. ¿Pudo esa señora mayor, con ínfulas y mucho sentido del abolengo ser lo más cerca del pecado, turbio, pesado y no barato a lo Martine Carol, que poseyeron los franceses?, se preguntaban. Y en realidad pudo.
A causa de una carga interna que fosforecía bajo las cámaras o las luces del teatro y pasaba desapercibida (casi) en la vida corriente. Nadie murió por ella, casi feúcha, cuando estuvo en Punta del Este durante uno de los festivales, aunque algún gráfico con imprudencia y poca elegancia sostuvo haber mantenido algún tipo de acercamiento. Esas liberalidades de antes que ahora conforman una conducta femenina común y corriente, parecían ajustarse al tipo de mujer, entre promiscua y femme fatale que Jeanne Moreau comunicaba mejor que nadie, aunque las bellas fueran otras. Pero celuloide por medio, así era antes, trastornaba la libido de los hombres.
James Lipton, que ha medrado largo rato con el respaldo del Actors Studio y es un entrevistador bien documentado, entretenido, muy snob y a menudo complaciente, creyó tener un rubí tallado por un Maharajá cuando inauguró con la Moreau sus expansiones europeas y casi se quedó con una chafalonería. Lipton funciona muy bien con el humor. Se entontece con los famosos de la farándula y se pirra con los mitos, pero es un comunicador hábil aunque a veces abuse de sus histrionismos como actor que también juega al periodista. Pero hay que ser latino para poder maniobrar un ego como el de Moreau. Y Lipton fracasó y protagonizó una entrega sin "sprit", encandilado por una diva que se mostró provinciana y burguesa en el recuento de su vida privada y se exhibió como una hostia consagrada en lo que tenía que ver con su carrera profesional.
Una actriz magistral, insinuaba Lipton, la contratada más joven en toda la historia de la Comédie Franaise, la heroína preferida de Malle y de Truffaut, entre muchos otros, el relámpago que se instaló para quedarse en Ascensor para el cadalso para no caer en la repetición de no hablar de la leyenda que construyó en su paso siguiente y se convirtió en Jules et Jim en el paradigma de la Nouvelle Vague. Lipton le arrojaba una flor detrás de otra ante el desdén, o no tanto, la indiferencia de un parámetro apenas más bajo que Charles de Gaulle. Recordó sus 50 años de actuación, sus cien películas, sus distinciones en catarata, su amistad con Marguerite Duras a quien ahora personifica en una película, sus intervenciones disímiles aunque Lipton no se diera cuenta en otras piezas de Truffaut, de Antonioni, de Malle, de Losey, de Brook, de Ritt. Moreau no se inmutó mientras la enaltecían. Aburrió con sus problemas paternos, sus amoríos, su eterno estrellato. Lipton cayó en una asociación turística y dijo que era Notre Dame de París mientras las imágenes mostraban la magnificencia de la catedral. La comparación no inquietó a la niña que debió mudarse a Vichy, debutó en las Bumble Bees y demostró en teatro, en La Reine Margot, que podía funcionar como un petardo sexy. Está acostumbrada a que la mimen.