Antonio Mercader
Impresiona lo de Carlos Pérez del Castillo. Candidato a dirigir la Organización Mundial de Comercio (OMC) parece luchar solo contra el mundo en una suerte de cruzada universal para reunir los votos necesarios. Muchos países lo apoyan, sobre todo los latinoamericanos, y si no fuera por Brasil, que a último momento interpuso un aspirante sin chance, su elección estaría asegurada. La insistencia de Itamaraty en lanzar a Seixas Correa quebrando la unidad latinoamericana y la del Mercosur, permitió inflar el nombre del francés Lamy quien acaba de recibir la bendición estadounidense.
Esa postura de Brasil revela poco interés en brindarnos reciprocidad, porque Uruguay viene atendiendo puntualmente sus pedidos: entramos al Grupo de los 20, secundamos su merecida postulación a ocupar una silla en el Consejo de Seguridad de la ONU y, llegado el caso, votaremos a un brasileño como sucesor de Enrique Iglesias al frente del BID.
Las relaciones entre ambos países están a partir de un confite y como muestra basta apreciar que en su primer viaje al exterior el presidente Vázquez corrió a abrazarse con Lula.
Entonces, ¿qué pasa con Pérez del Castillo? No hay respuestas claras, solo conjeturas sobre la insistencia de Brasil en un pretendiente que apenas tiene el aval de Cuba y Venezuela. La primera ronda de consultas está en marcha sin que los norteños den señales de bajarse del caballo.
El jefe de Itamaraty, Celso Amorim, propulsor de Seixas, es quien más critica a nuestro compatriota con un argumento: que Pérez del Castillo no ha tomado suficiente partido contra los subsidios agrícolas en los países desarrollados.
No es así. Si algo signó la carrera de este diplomático uruguayo es la defensa de países que, como el nuestro, sufren la competencia de agroexportaciones subsidiadas por economías más fuertes. Inspirador de la creación del Grupo Cairns, con una sólida carrera en sus espaldas, Pérez del Castillo es capaz de conducir las negociaciones de la OMC a su meta: liberalizar el comercio para ayudar al desarrollo de los países pobres. Las objeciones de Amorim son tan infundadas que la prensa internacional dice que la única razón para poner a un brasileño en carrera es "malograr la candidatura de Pérez del Castillo".
Si esto fuera cierto, sería un borrón en nuestras relaciones con Brasil, un país que hoy es modelo de buena conducción.
De más está decir cuánto nos serviría tener a un nacional en el corazón de las grandes decisiones comerciales del planeta. Es verdad que nuestro gobierno respalda a Pérez del Castillo, aunque no basta proclamar que se lo apoya sino que hay que jugarse a fondo por su candidatura y recordarle a Brasil que la hermandad se teje con hechos. Ladbrokes, la mayor agencia de apuestas del mundo, da al uruguayo como favorito. Es una apuesta que vale la pena. Uruguay debería jugársela más por él.