EL VATICANO |
AFP y "LA NACION"/ GDA
Cerrada al público desde el miércoles, los operarios comenzaron ayer los trabajos en la Capilla Sixtina, sede del Cónclave de cardenales que eligirá nuevo papa a partir del 18 de abril.
Plano en mano y computadora portátil, unos diez funcionarios y un sacerdote entraron al edificio para realizar los preparativos. En concreto, el piso de mosaicos será cubierro con alfombra para evitar que algún cardenal resbale, se tapizan los adustos bancos de mármol y se adapta la luz.
Además, revisarán minuciosamente el ambiente para detectar cualquier recurso —mecánico, artesanal, electrónico— que permita infidencias. La elección del nuevo Pontífice debe realizarse bajo estricto secreto; a riesgo de excomunión está prohibida cualquier filtración así como el uso de teléfonos, televisión o Internet dentro de la Capilla.
DISTRACCION. Para el 18 de abril, 116 cardenales menores de 80 años —única condición para participar de la elección— son llamados al Cónclave que eligirá al 264 sucesor de San Pedro.
Desde entonces y hasta que no haya un consenso, los cardenales no saldrán de la Capilla Sixtina nada más que a dormir a un edificio cercano. Estarán totalmente incomunicados.
Para evitar distracciones en su función, se cerrarán las celosías y correrán los cortinados sobre las obras de arte que haya en la Capilla, entre ellas, los frescos, obra de Perugino, Botticelli y sus alumnos. La cúpula fue pintada por Miguel Angel, que también compuso el famosísimo Juicio Final en la pared situada frente a la entrada.
Los cardenales estarán sentados en varias mesas en lugares numerados y decididos por sorteo, y cuya forma general es la de una U.
En el centro se encuentra la urna en la que depositarán sus papeletas en las dos votaciones previstas por la mañana y otras dos por la tarde. Frente a la entrada de la capilla, en el muro de la izquierda, se instalará la estufa en la que se incinerarán las papeletas y cuyo humo, blanco o negro, anuncia al mundo la elección o no del nuevo Papa.
Al fondo de la capilla, cerrada permanentemente al público, una pequeña puerta comunica con una celda de tres metros por tres. Es la "habitación de las lágrimas" en la que cada nuevo papa, nada más ser elegido, entra en compañía únicamente del cardenal camarlengo para romper en llanto frente a la responsabilidad y la magnitud de la tarea que le esperan, según indica la tradición.