Infiernos de la vida en pareja

| Liv Ullmann y Erland Josephson reiteran los personajes que ya encarnaran hace treinta años

GUILLERMO ZAPIOLA

Se trata desde ya de uno de los acontecimientos cinematográficos del año. Hoy se estrena en Cinemateca 18, en el marco del proyecto Viva la Diferencia (dedicado a la promoción de un cine "distinto" y de calidad) el film sueco Saraband, el más reciente trabajo del maestro Ingmar Bergman, que fuera presentado en el reciente XXIII Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay, donde obtuvo el Gran Premio del jurado oficial.

Ya se ha señalado en estas páginas que el film, realizado en principio para la televisión sueca pero que Bergman aceptó finalmente, a regañadientes, que fuera distribuido en salas, exhibe algunos rasgos desconcertantes. Es y al mismo tiempo no es, una secuela de Escenas de la vida conyugal, una película que el propio Bergman realizara hace tres décadas con los mismos Liv Ullmann y Erland Josephson que reaparecen ahora, encarnando a personajes que se llaman igual a los que interpretaran entonces.

La pregunta es: ¿son los mismos? Bergman, que tiene la misma vocación por trampear a periodistas y otros impertinentes que su colega Fellini, lo ha afirmado y negado alternativamente. Ha bautizado al personaje de Liv con el nombre de Marianne, como en Escenas, y Erland es Johan, el nombre que empleaba en ese film y que se reitera igualmente en otras películas de Bergman (incluyendo el niño de El silencio). Pero el drama incluye también otros dos personajes: Henrik, el hijo de Johan, y Karin, hija de Henrik, nieta de Johan.

Y hay una "quinta en discordia", Anna, la mujer muerta de Henrik, que aparece únicamente en un retrato en blanco y negro. Y un sexto, siempre fuera de campo: una invisible sirvienta que aporta algún elemento clave. Y un séptimo, más lejano, porque se ha refugiado en la locura: la hija de Johann y Marianne. Y aún un octavo, Sara, cuya lejanía es literal y física: ha optado por ir a vivir a Australia.

Esos personajes se encuentran y desencuentran, se enfrentan y chocan en Saraband, película en diez escenas más un prólogo y un epílogo. La doble o triple formación artística de Bergman atraviesa el film: aquí están el teatro (sucesión de escenas casi estáticas, generalmente centradas en dos personajes) y también, como se indicara más arriba, la televisión. Pero alguien ha podido añadir que está sobre todo el Cine, el arte audiovisual por excelencia, lo que se ha descrito como "el majestuoso encadenamiento de los planos y la experiencia de ir más allá de lo conocido y acceder a algún tipo de revelación". Eso podría ser la definición de un Bergman esencial.

TRAYECTORIA. En un texto escrito en homenaje a Bergman hace ya bastante tiempo, cuando el maestro cumplió setenta años, Woody Allen señalaba que existen tres clases de directores cinematográficos. En un primer nivel, los proveedores de buen entretenimiento, los sólidos artesanos que fabrican el mejor cine comercial. Por sobre ellos, los artistas personales, los creadores capaces de dejar un sello reconocible en lo que hacen. Por encima de ellos había uno solo: Ingmar Bergman. El Festival de Cannes también parece haber estado de acuerdo con el punto, cuando al conmemorar su cincuentenario otorgó a Bergman un premio especial como el cineasta más importante del último medio siglo.

De hecho se trata de una carrera de casi sesenta años. Dejando a un lado lo que ha hecho para teatro y radio, que es toda otra historia, Bergman debutó como director en 1945, hizo al principio films románticos y rebeldes que enfrentaban a jóvenes parejas contra un mundo hostil, alcanzó una primera culminación en 1950 con Juventud divino tesoro, y luego amplió sus preocupaciones existenciales hasta cuadros sobre la convivencia percibida como un infierno casi sartriano (Noche de circo, 1952 y otras), interrogantes metafísicas (El séptimo sello, 1956) y humanistas (Cuando huye el día, 1957), dudas sobre el silencio de Dios o su existencia (la trilogía de "films de cámara" integrada por Detrás de un vidrio oscuro, 1961, Luz de invierno, 1962, y El silencio, 1963), alguna exploración de las experiencias límite del dolor y la muerte (Gritos y susurros, 1973), algún intento no del todo satisfactorio de volcarse hacia lo político (el examen de las raíces del nazismo en El huevo de la serpiente, 1977).

En sus últimos trabajos, Bergman había insinuado una suerte de reconciliación con el mundo y con su propia historia, parecía haber alcanzado algún tipo de serenidad: la aceptación del misterio en Fanny y Alexander (1982), literalmente la fornicación con su vieja enemiga, la Muerte, en En presencia de un payaso (1996). La vida ya no era, como en algunos films anteriores, una condena definitiva, y asomaban tímidos rasgos de nostalgia y un cariño cierto por los personajes infantiles.

Saraband constituiría en cambio un retorno a los infiernos strindbergianos de la convivencia en pareja y sus desgarramientos vitales. Los primeros planos acosan cruelmente (se ha señalado) los desvalidos rostros de los personajes. Las paredes rojas, como en Gritos y susurros, encierran a sus protagonistas en sus infiernos íntimos. Según nota de la revista argentina El Amante Cine, en varios momentos asoma el pulso de un creador mayor. Uno de ellos "desnuda a Liv y Erland, ella insinuada en la penumbra, él con todo el desamparo de la vejez". En otro, tras una pelea de padre e hija, "un grito en off se carga de pronto de un horror casi metafísico". A los ochenta y ocho años (de hecho, rodó el film cuando tenía ochenta y seis), Bergman parece seguir teniendo cosas para decir.

"Saraband" ganó el XXIII Festival de Cine

Saraband de Ingmar Bergman obtuvo el Gran Premio del Jurado del XXIII Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay que terminó el pasado domingo. Hubo también un galardón ‘ex-aequo" a mejor ópera prima para Osama del afgano Siddik Barmak y El amor, primer aparte de los argentino Fadel, Maudegui, Mitre y Schnitman.

El jurado oficial de films documentales y experimentales otorgó el Gran Premio al documental a Peones del brasileño Eduardo Coutinho, y dos menciones a Manolo recicla, el señor de los carros del español Manolo González Ramos, y a En el país de los centinelas (Francia/ Camboya) de Nara Keo Kosal. El premio a mejor film experimental fue para Quimera del brasileño Eryk Rocha.

El premio del Jurado Iberoamericano fue compartido entre los films argentinos El amor, primera parte y Los muertos, este último dirigido por Lisandro Alonso. Los premios Escuelas de Cine fueron para el largometraje La historia del camello llorón de Byambassuren Daran y Luigi Falomi y el corto O nome dele, o Clovis de los brasileños Felipe Bragana y Mariana Meliande. El premio Fipresci (Asociación de Críticos) fue para Dealer del húngaro Benedek Fliegauf, el de mejor film iberoamericano para Cachimba de Silvio Caiozzi y el de mejor opera prima para Lazos de familia de Jordan Roberts.

La organización católica Signis premió a La historia del camello llorón, y otorgó una mención especial a Cachimba. Los premios del Espacio Uruguay fueron para Historia de tres minutos de Fernanda Trías, Red Rat de Guillermo Kloetzer, London París, de todo para todos de María Noel García y Dejando pasar el tiempo de Gabriel Frugone.

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