Un agotador viaje por la selva y una visita a la Santa Sede

MIGUEL CARBAJAL

Tiene 61 años cuando me enfrento por primera vez con él en Brasil y parece que tuviera 30 menos. Los deportes y el alpinismo le han dotado de una contextura atlética, pero también hay algo de genética personal en el aspecto juvenil y lleno de brío que besa por primera vez tierra brasileña en 1980. Tiene la estructura ósea del padre y el pelo rubio y los ojos celestes de la madre. Se saca la camisa cada vez que calienta el sol y hace ejercicios. De estar cerca un productor de Hollywood lo hubiera querido contratar para alguna de las películas bíblicas que estaban en boga entonces. Le faltaba un poco de altura quizá, un detalle que Hollywood soluciona facilidad; le sobraba fotogenia.

Brasil se enloquece con el arribo de Karol Wojtyla en 1980. Se convierte en un objeto inmediato de adoración. Una canción de Roberto Carlos multiplica los ecos de su presencia. El viaje dura 13 días y visita 14 Estados, pero ni el jovial y vital Papa sabe lo que le espera: miles de kilómetros dentro de un país que es un continente. Wojtyla avanza gallardo entre multitudes nunca vistas. Sus misas en Bello Horizonte, Brasilia, Río de Janeiro, San Pablo, Porto Alegre, Curitiba, Salvador, Recife, Fortaleza, Belén y Manaos ocupan estadios enteros. En el de Fortaleza sucede una tragedia por gente que se aglomera ante las entradas de la próxima Misa Campal. "Dios es brasileño" ululan los brasileños después de dictaminar que el Papa es brasileño, no polaco.

EL TROPICALISMO. La gente ocupa kilómetros de calles, atosiga estadios, cambia la fisonomía de las ciudades. En Bello Horizonte una ola humana divide la cresta urbana que separa la ciudad. Brasilia es la primera vez que luce habitada. En Río la gente desciende en masa de las favelas. Pero en las primeras jornadas todavía se mantiene parte del protocolo: un avión con pocos periodistas (El País entre ellos), sale en un charter con una hora de anticipación del avión papal. Los periodistas se suben en un ómnibus especial que acompaña los desplazamientos del papamóvil y sólo se alejarán de él cuando termine el día y empiece el trabajo en baterías especiales en donde todavía no existen ni el fax ni el mail. Se usa sólo telex. Los periodistas del desarrollo no lo saben usar y quedan en las manos burocráticas de los funcionarios. El periodista uruguayo es un avión en esas lides y ahí saca ventajas. El control de la vigilancia es total.

De a poco se empieza a deshilvanar. No se pueden contener los actos extrovertidos del Papa y su costumbre de levantar niños en sus brazos. Cada diez pasos se desmarca y vuelve loca a la custodia, mientras el pueblo se enardece. El Papa es brasileño, en serio. Cuando la comitiva llega al Nordeste estalla el desorden.

CON LOS INDIOS. En el encuentro en la alcaldía de Manaos, Karol Wojtyla terminará encerrado en una especie de jaula de cristal suspendida cerca del techo de la planta baja con indios amazónicos que comparten un metro cuadrado y desconocen cualquier limitante de protocolo. Usan unos avíos hermosísimos en la cabeza con agudas y verdes, filosas como cuchillos, que viven metiendo entre los ojos del Papa. De un Papa sonriente y en paz. Nada lo altera aunque es evidente que se encuentra más cansado que al comienzo del viaje. Pero no ceja.

En el tramo Belén-Manaos el Papa le realiza un regalo inesperado a los periodistas del charter que lo ha seguido fielmente a lo largo del periplo. Envía a parte de su séquito al otro avión y recibe en el propio a los periodistas masivamente italianos, ingleses, norteamericanos, belgas, polacos y algunos latinoamericanos provenientes de los grandes medios. Pero no soy el único uruguayo en el viaje. El representante de AFP en América Latina, Oscar Martínez, también lo es, por lo que somos dos orientales. El papa brinda una conferencia de prensa y luego habla unos minutos con cada uno de los periodistas, antes de bendecirlos. El talante papal ha tornado espiritual un ambiente por lo general imbuido de otras características. Nubes abajo discurre la víbora del Amazonas en medio de una impenetrable selva verde. Más de una vez el Papa señala la belleza del paisaje y reclama respeto en la convivencia con la Naturaleza. Cuando parte de Manaos hacia Roma el poder de su carisma ha cobrado víctimas varias en una profesión de por sí escéptica.

TRAS EL ATENTADO. Cuando me encuentro con Wojtyla por segunda vez ya ha enfrentado la desgracia del atentado en Plaza San Pedro. Todavía se distingue por la fortaleza pero de alguna manera ya no es el mismo aunque su sonrisa y su mirada celeste continúan incambiadas. Las heridas lo disminuyen un poco y dentro de un tiempo empezará su larga y sufriente enfermedad.

Acompaño a Washington Beltrán el día de la entrega de las credenciales en los aposentos privados, dentro mismo del Vaticano, pasada la vistosa guardia suiza que lo cuida. Habla en español, demuestra sus nada superficiales conocimientos del Uruguay y de la persona y familia del Embajador.

En determinado momento reclama mi presencia, me toma de las manos, me hace un par de preguntas, me atrevo y le digo que fuimos compañeros de viaje sobre el Amazona. Se le ilumina la cara. "Era sano entonces", dice mientras se ríe suavemente, me pone un rosario en la palma derecha mientras dice "por el futuro, no por los viejos y buenos tiempos".

Mientras prolonga su charla con Beltrán me cuelo por una ventana abierta y me trepo a las azoteas privadas que ni siquiera conocen los cardenales. Son las licencias de un oficio que se saltea reglas.

Cuando salimos de la Santa Sede Beltrán me lanza una pregunta sugerente: ¿No será uruguayo el Papa? "Es de todos", coincidimos en la respuesta mientras una rara felicidad nos embarga.

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