Jorge Abbondanza
Se mete donde no debe, dirán algunos, porque Banksy —un artista británico notorio por sus graffiti y sus transgresiones— es un intruso que acaba de contrabandear obras propias en los grandes museos de Europa y Estados Unidos. Ingresa en ellos y cuando nadie lo ve, deja alguno de sus trabajos adherido a la pared. Ha hecho eso sin autorización alguna, con lo cual su "intervención" se convierte en un hecho irregular (y quizá delictivo) aunque desde un punto de vista plástico asuma otro valor, ya que es un gesto ingenioso, atrevido y además inofensivo. El elogio se entiende si se observan las obras de Banksy, en las que figura por ejemplo un escarabajo al que el artista agregó una carga de bombas —como las que cuelgan bajo el ala de los aviones militares— y una antena parabólica, aunque también puede ser una dama del siglo XIX retratada por algún maestro, en cuyo rostro Banksy ha colocado una máscara antigas, igual a las que se emplean ante amenazas de armas químicas, por no hablar del caballero del siglo XVIII en cuya mano ha agregado un aerosol con el que ese engalanado personaje parece haber pintado los letreros que asoman por detrás de él.
Todo ello está realizado con notable cuidado, como si los agregados contemporáneos formaran parte inseparable del motivo original: calificado de graffitero por algún periodista, aunque es algo más que eso, Banksy —"artista urbano" como dicen otros— ha ganado espacios en la prensa, como el de una reciente nota en The New York Times, y esa difusión no deriva solamente de la insolencia de su gesto clandestino sino del interés y la calidad de las obras que exhibe sin permiso. Según ha declarado (en un diálogo electrónico con el cronista neoyorquino Randy Kennedy) su intención consiste en "dejar un mensaje contra la guerra y provocar una reflexión sobre los efectos que el miedo al terrorismo está produciendo en la sociedad". Ese propósito agrega otro motivo de atracción —y hasta de estima— a sus operaciones furtivas en los museos.
Según se dice, la primera intervención de esta serie tuvo lugar en la Galería Tate de Londres, de donde Banksy pasó luego al Museo del Louvre en París, dos sitios en los que ya provocó revuelos. Pero saltó después a cuatro instituciones de Nueva York que son el Museo Metropolitano, el Museo de Arte Moderno, el Museo de Brooklyn y el Museo de Historia Natural, donde también dejó sus aportes. Anda disimulando su identidad bajo una barba tupida, un sombrero blando y un pilot, armado con un pomo de pegamento y con los rollos de las obras que regala (sin que nadie se lo pida) a esos eminentes espacios del arte. Según reconoció en el sitio www.woostercollective.com, se proponía asimismo dejar algo en el Museo Guggenheim, pero finalmente no se animó a hacerlo.
Lo notable es que nunca ha sido descubierto por funcionarios, cuidadores ni personal de seguridad: "la figura de Banksy crece y se vuelve más interesante con cada minuto que pasa" se dijo en ese lugar cibernético, que está dedicado a artistas callejeros. En una época donde se mantiene el auge de las performances, con su ocasional extravagancia y su frecuente impacto, el método de Banksy se destaca por su esmero y su osadía, dos rasgos que no han impedido calificarlo como un vándalo, aunque no merece un término tan violento. De hecho, no destruye nada sino que en todo caso —como corresponde a un creador— modifica la realidad con sus herramientas provocativas y con los mensajes indirectos formulados en esos trabajos que deposita sobre los más cotizados muros de este mundo.