Gente de otros países

H. A. T.

En una reciente columna de este diario (febrero 26), Jorge Abbondanza apuntaba el reciente fallecimiento de la ex estrella Simone Simon, con 93 años, y se extendía a recordar el trato que actrices, actores y directores de Europa llegaron a recibir en Hollywood, trato que no les hizo felices. Fueron breves e inadecuados, por ejemplo, los trabajos de Jean Gabin, Michele Morgan, Victor Francen, en la década de 1940, cuando Francia estaba ocupada por el nazismo. Antes de ello los productores americanos habían dado pasos en falso con Danielle Darrieux y con los directores alemanes G. W. Pabst y Max Reinhardt, que llegaron a hacer una sola película en América. Y no hay que olvidar que la Metro le cortó la carrera a la austriaca Luise Rainer, a pesar de sus dos Oscar de la Academia en 1936 y 1937. La acusó de insubordinación, porque ella no se declaraba conforme con algunos papeles adjudicados.

Cada caso debe tener su explicación, empezando por el idioma en el caso de los intérpretes y siguiendo por los sistemas de trabajo que habían sido habituales para directores importados, como Jean Renoir, René Clair, Julien Duvivier o Max Ophuls, que en Hollywood se vieron subordinados a productores casi ignorantes del cine europeo.

Pero en cambio sería una errónea simpleza atribuir esas diferencias a un nacionalismo norteamericano. Por lo contrario, cabe recordar que en ese crisol de orígenes distintos que fue Estados Unidos, la creación y el desarrollo del cine debieron mucho al aporte extranjero. En particular, Hollywood fue iniciado hacia 1915 y dominado durante décadas por productores que incluyeron a los húngaros Adolph Zukor y William Fox, al alemán Carl Laemmle, a los rusos Louis B. Mayer y Joseph M.Schenck, al polaco Samuel Goldwyn y a los hijos de polacos como los tres hermanos Warner. En esos nombres propios se concentra la existencia de Paramount, Fox, Metro, Universal y Warner Brothers. Ninguno de esos empresarios pudo ser acusado de mirar con recelo al europeo. Por otro lado, ha sido enorme la lista de extranjeros que triunfaron en Hollywood. Entre directores mayores es obligado destacar a los ingleses Chaplin y Hitchcock, a los alemanes Lubitsch, Murnau y Fritz Lang, al húngaro Michael Curtiz y a intérpretes como la sueca Greta Garbo, la alemana Marlene Dietrich, los húngaros Peter Lorre y Bela Lugosi. Cada uno de esos traslados tiene también su explicación, como la ambición europea por el dinero americano, un par de revoluciones húngaras, una revolución en Rusia, el ascenso del nazismo en Europa, la Segunda Guerra Mundial. En esas variadas historias hubo un capítulo separado con la crisis del nuevo cine sonoro, 1927 a 1931.

Entre los motivos de esas migraciones debe figurar también la atención de Hollywood al éxito ajeno, que le hizo tomar la iniciativa. Así en la década de 1920 Hollywood importó a estrellas europeas como Emil Jannings, Conrad Veidt o Pola Negri. Entre 1912 y 1920 el cine sueco mudo había llegado a un notable apogeo, gracias a la gestión de los directores Victor Sjöström y Mauritz Stiller, que eran muy amigos entre sí. En 1923 la Metro contrató al primero, le cambió el apellido por Seastrom y le dejó hacer ocho películas, que incluyeron en 1927-1928 una excelente versión de La letra escarlata de Hawthorne y una obra maestra llamada The Wind, que está accesible en video y que debería tener exhibición obligatoria en las escuelas de cine. En medio de ambas Sjöström dirigió por única vez a Greta Garbo en The Divine Woman, presunta alusión a la eminente actriz Sarah Bernhardt, pero varios libros coinciden en que esta película se perdió para siempre, negativos incluídos. Le fue peor a Mauritz Stiller, también contratado por Metro en 1925. Impuso a Greta Garbo como parte de ese contrato y la Metro se resignó a aceptarla, sin adivinar que ella sería poco después una estrella máxima mientras Stiller sería odiado y expulsado antes de terminar su primera película en la empresa (The Temptress, 1926). Los textos lo describen como autoritario y orgulloso hasta el exceso. Era previsible que Irving Thalberg, entonces uno de los amos supremos en la Metro, terminaría por librarse de Stiller. Ya había tenido problemas similares con Erich von Stroheim, aguantaba diariamente a demasiadas celebridades (Joan Crawford, Marion Davies, John Gilbert), estaba casado con otra primera dama (Norma Shearer) y además sufría del corazón. Murió a los 37 años, pero dejó un rastro. Con su nombre se otorga el premio anual a algún destacado productor de Hollywood y sin su nombre Thalberg protagonizó una novela de F. Scott Fitzgerald, El último magnate, que quedó tan inconclusa como su personaje.

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