Ensanchando las trincheras

Víctor Hugo Morales

La pantalla ofrece la desmesura del fanatismo. Hewit derriba todas las vallas en su carrera hacia la estupidez y el público australiano lo sigue devotamente.

Hewit está jugando contra el flaco Chela, y le grita los puntos con lo que parece un odio incomprensible, esgrimido bajo el pretexto de que, más tarde, en las duchas, todo vuelve a la normalidad.

El flaco argentino yerra una pelota fácil y Hewit lo celebra con gritos absurdos, rompiendo cualquier regla del decoro. Lo mira a Juan Ignacio y con el puño apretado, el brazo alzado, da al festejo el tono más incomprensible. Los australianos celebran, también desenfrenados, pero al sentarse nuevamente, alguno de ellos mira a quien tiene a su lado como preguntándose si todo eso estará bien. Alguno sospecha que en ese ídolo, paladeando la hostia de tan falso sacerdote, todos están caminado por el mismo sendero. Cuando Chela, al retornar a la silla escupe hacia donde está Hewit, estallan ofendidos los espectadores más cercanos y lo convierten a él en el villano. Es cuando se permite la sospecha de que son los aficionados al deporte, quienes modelan la máscara de sus dioses. Y como al hombre de la tribuna lo construyen los medios, el periodismo, la cultura que desde ellos se proyecta, el tema excede a los Hewits, pobres muchachos envueltos en la vorágine de las leyes del mercado. El deporte, industria poderosa como casi ninguna otra en el mundo, vende, y es lo único que parece preocuparle.

El fútbol del final del año, ofreció la destartalada moral de los fanáticos que le exigían a sus jugadores que traicionaran a su profesión y su autorespeto, perdiendo algunos partidos que, en caso de ganarlos, podían proyectar el éxito de odiados rivales. Aún perduran los enojos con aquellos que se animaron a condenar ese desenlace. En la maraña, también puede dudarse de quien modela a quien, si asistimos a los perdurables enojos de algunas hinchadas con quienes se animaron a criticar sus imposturas.

Es cierto que no va a mejorar el deporte o el mundo por señalar estos males ya endémicos. El aficionado reclama injusticia a su favor, el periodismo exalta lo que vende, los que venden se permiten ser como se les antoje, si ganan. Los australianos seguirán victoreando a Hewit y sólo advertirán qué clase de ídolo han construido, cuando pierda. El periodismo le dará la tapa de los suplementos hasta que deba escribir la cronología de alguna derrota. Sin embargo, han sido siempre las pequeñas tomas de conciencia, las que ensancharon las trincheras.

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