CISJORDANIA
Tras horas de espera y severos controles en el retén militar de Kalandia, en Cisjordania, Julia Saabah consigue pasar finalmente al otro lado y emprende el regreso a su casa en Jerusalén con una certeza: "Abu Mazen no conseguirá sacarnos de esta prisión".
Para los palestinos, Kalandia es la puerta de entrada o salida de Ramala, ciudad vecina. Y para las familias enteras que cruzan en el lugar tras la resaca de las elecciones, la vida ha vuelto a la terrible normalidad. Alrededor del retén, se alza el impresionante muro de cemento que el Estado hebreo construye en Cisjordania.
"Esta barrera sólo sirve para separar a los palestinos de los propios palestinos. Yo tengo que cruzar por aquí si quiero ver a mi hija aunque ambas vivamos en tierra palestina: ella en Ramala y yo en Jerusalén-este", cuenta esta anciana de 73 años, caminando vacilante entre los soldados.
"Antes, ir a Jerusalén nos costaba 15 minutos, ahora pueden ser horas", explica Mohammad Malah, de 35 años, confesando que la última vez que fue a la ciudad santa fue en octubre, durante el mes de Ramadán, y de forma clandestina. Miles de palestinos cruzan diariamente este punto de control para trabajar en otras ciudades cisjordanas vecinas, ir al médico, visitar a la familia o realizar un trámite administrativo.
Más que estar contento por Mahmud Abas, le compadezco por haber ganado las elecciones. Nos ha prometido que negociará con Israel pero nunca conseguirá un acuerdo. Israel no quiere paz, es una sociedad basada en la violencia, opina por su parte el abogado Mahmud Karrayn, de 50 años, que viene a Ramala desde Ariha, ciudad cisjordana vecina.
Como en otras partes de Cisjordania, el muro, declarado ilegal por la Corte Internacional de Justicia (CIJ), se ha convertido en un panel de libre expresión. Frases como "Fuera de aquí", "Fin de la ocupación", "No somos terroristas" o "Cisjordania, prisión de palestinos" aparecen escritas a metros de la bandera israelí. AFP