Como latinoamericanas nos quedamos con la impresión que refleja el título, por lo que implica de esperanza y compromiso con el progreso y el desarrollo de nuestros pueblos y naciones.
Celso Furtado fue el inspirado economista que más colaboró, durante décadas —con su pensamiento y acción— al desarrollo del país del norte. Con su pensamiento porque supo analizar y reflexionar sobre las ideas en su más pura concepción, con lógica, racionalidad, imaginación, crítica y autocrítica. Y con acciones porque su vida es un tránsito permanente entre la idea y la acción, la planificación y la ejecución. Que en suma no es más que una vida de compromiso con sus ideales, su gente, su país, la justicia, el progreso y la esquiva e interminable búsqueda de la verdad.
Sintetizar en una sola palabra una vida de más de 80 años de proficua labor es tarea cuasi imposible, pero si tuviéramos que elegir, ella sería desarrollo, o "desenvolvimiento" para los brasileños. Pero dicho así, a secas, no sería suficiente, porque la palabra y el concepto de desarrollo no fueron los mismos antes y después que Furtado se ocupara de él y, como a un hijo predilecto, lo nutriera, lo hiciera crecer, lo jerarquizara, lo humanizara y lo sublimara.
Al desarrollo lo nutrió de contenido, y de ser un proceso eminentemente cuantitativo lo convirtió en algo esencialmente cualitativo. Lo hizo crecer con su praxis diaria —durante largos períodos— colaborando con los gobiernos más transformadores de Brasil, comenzando por la década del ’50 en la era de Kubitschek.
Jerarquizó al hijo mimado —el desarrollo— a través de varios libros y escritos, entre los cuales destaca "Formación Económica del Brasil", que bien podría ser de Latinoamérica. Y decimos que lo humaniza porque le dio vitalidad al concepto, lo socializó, lo integró a la noción de progreso nacional. Finalmente, lo sublima: es brújula para nuestro porvenir.
Furtado piensa con razón que el desarrollo no es un proceso natural y espontáneo, que surge "per se" como consecuencia de la actividad de los mercados. Es mucho más, es un complejo proceso, enraizado en la sociedad, lo que implica cultura, educación, ciencia, tecnología y arte; es ética y moral, y es política y participación ciudadana. Es creación humana, y para lograrlo hay que ponerle imaginación, pensamiento y acción.
Furtado es de esas figuras que transforman la historia y marcan el futuro, lo diseñan. Pocos como él sintetizan tan bien la teoría con el pragmatismo, la racionalidad con la realidad. Nos gusta decir que hay que impregnar de racionalidad la realidad, y de realidad nuestra racionalidad. Furtado lo hizo.
Pocos avanzaron tanto en el pensamiento para, en función de los objetivos imaginados, diseñar las estrategias de los tiempos presentes que le tocó vivir. Es un caso típico del individuo que actúa en función del pensar prospectivo: sus acciones fueron consecuencia de la visión del futuro que él imaginaba, pensaba y soñaba.
Pagó cara su osadía de pensar y soñar, pues fue perseguido, ¡faltaba más!, por las dictaduras de turno, y estuvo exiliado en Francia durante años. Los europeos, con sabiduría, lo acogieron como catedrático en París.
Con la vuelta a la democracia —campo fértil para pensar y vivir en libertad— fue Ministro de Cultura del gobierno de Sarney, y de ahí en más un referente de los brasileños y el mundo.
El legado de Furtado es el derecho a soñar, a la esperanza, al proyecto, al planeamiento, a la implementación y la ejecución de las políticas que persigan el desarrollo de nuestras naciones en forma independiente y soberana, equitativa y distributiva, en libertad y con justicia.
Ahora, como todo legado, toca a los sucesores administrarlo, multiplicarlo y distribuirlo. Que así sea en Brasil y Latinoamérica.