Inaugurado anteayer en Rosario de Santa Fe, el Tercer Congreso Internacional de la Lengua Española no puede ser más oportuno.
Adviene cuando las Academias de América, tratando de igual a igual con la Real Academia asentada en Madrid, legitiman modismos y singularidades de cada país.
Adviene tras décadas en que la lingüística ha pasado de observaciones fecundas —como la de Lacan: "no hablamos, somos hablados"— a exageraciones del tipo de "no hay más realidad que la lingüística".
Adviene cuando la literatura se muestra fecunda y, ayudada por los avances tecnológicos, reafirma la asociación de poesía y música desde el folclore, el bolero y el tango hasta el rock.
Pero además, este encuentro llega en momentos en que se ha degradado la relación de las nuevas generaciones con el idioma. El funcionalismo —que ha hecho creer a ricos y pobres que la unidad de la persona no interesa y que los valores y las reglas son relatividades carentes de sustancia— ha ambientado la caída de nuestro español. Y eso torna trascendental lo que se resuelva en Rosario —territorios que fueron artiguistas— para mantener la lengua de Cervantes no sólo en su ortografía —hoy arramblada en los correos electrónicos, por añadidura sin mayúsculas ni tildes ni comas— sino también en su sintaxis y su fecundidad.
Es que manejar el idioma es mucho más que practicar un habla que suene linda. Es disponer sin tropiezos del instrumento lógico y retórico que permite pensar en orden. Puesto que pensar es crear, en la posesión firme del idioma nos va nuestra aptitud para hacer inteligible y preciso todo lo que consideramos relevante: nos va nuestro ser en tanto que militancia ante la circunstancia de cada instante. Y puesto que en su etimología griega "sintaxis" quiere decir "con medida", hablar y escribir sin anacolutos no es sólo obedecer la regla gramatical que manda completar las oraciones: además, es parir ideas orgánicamente.
La formación de masas que apenas disponen un lenguaje mínimo y la proliferación de técnicas que se contentan con homogeneizarse en un inglés básico no solo empobrece la competitividad de nuestra lengua: además, compromete la capacidad de desarrollar nuestra identidad personal y colectiva como actividad —que eso y no sólo culto de la tradición es el quehacer idiomático.
Hemos pasado del idioma corsé al idioma semilla. Nuestra lengua ha quedado abierta al pensar universal y tiene universalismos para pasear con orgullo: los consejos de Don Quijote a Sancho para gobernar la ínsula de Barataria han durado y durarán más que las querellas de escuelas económicas y las contingencias partidarias. La cuestión es desentrañar esas pragmáticas con lectura atenta y contextual, que ahora se llama hermenéutica como ayer fue fermentario o lógica viva.
Escribiendo sobre estas cuestiones idiomáticas nos recorren —claro que sí— el refranero del Padre Sbarbi, el "Enriquezca su vocabulario" de Carlos F. Mac Hale en Selecciones, la maestra de sexto Sofía Halty, la profesora Irma Paulós de Lamas. Separados pero juntos, nos iniciaron en estos temas y nos viven por dentro. Pero más aun nos recorre la convicción de que las cuestiones de trovadores y filósofos deberán recobrar su imperio, si es que queremos salvar al hombre de los tecnicismos unilaterales en que lo sumen los interesados en reducirlo a consumidor o los que sólo ven el mundo a través del ojo de la cerradura de la puerta entornada de su especialidad.
Y sobre eso, desde Vaz Ferreira a Unamuno, desde Rodó a Ortega, vaya si los hispanohablantes tenemos cosas que decir a los marginados de la cultura que proliferan lejos y cerca. Y que no son sólo los materialmente pobres.