Elecciones

Mientras que la elección en nuestro país marcó un movimiento hacia la izquierda del espectro político (un concepto bastante poco preciso, pero útil), en los Estados Unidos se produjo el proceso opuesto: el presidente Bush logró una confortable reelección y el Partido Republicano consolidó su posición en el Congreso. Se ha producido un viraje a la derecha. No debería sorprender, entonces que el vicepresidente Cheney declare a la prensa que el presidente había fundado su campaña sobre la base de un programa claro para el futuro de su país, y que la nación le había respondido otorgándole un mandato para cumplirlo.

En las semanas que precedieron a la elección norteamericana se pusieron de moda las votaciones simuladas en el extranjero donde Kerry ganaba cómodamente en la mayor parte de los países. La perspectiva internacional de los votantes en los Estados Unidos ha sido muy diferente. Las dudas que pueden existir sobre Irak no bastaron para convencer a las mayorías necesarias de volcarse a favor de Kerry.

Ciertamente la agenda interna en aquel país abarca una cantidad de temas de importancia crítica, especialmente su economía. Pero, lo que realmente le preocupa al mundo es el programa de la política exterior de la Casa Blanca, en este segundo mandato.

La situación en Irak continúa siendo crítica. Uno a uno, los argumentos esgrimidos para justificar la agresión contra ese país han caído.

A pesar de ello, no parece haber cambiado la actitud esencialmente unilateralista del presidente reelecto. En el horizonte se encuentran las diferencias con Irán y Corea del Norte. Los Estados Unidos seguramente continuarán al margen del Protocolo de Kioto. La brecha política entre los Estados Unidos y Europa seguramente habrá de ensancharse. Es muy posible que los tiempos que se avecinan sean de más fricciones en el escenario internacional.

Los Estados Unidos continuarán siendo la potencia militar preponderante, una de las potencias económicas más importantes y dinámicas (o sea, uno de los mercados más codiciados), y ejercerá una enorme influencia sobre las instituciones internacionales. Los países deberán aprender a navegar en este nuevo —y agitado— mar geopolítico. No será fácil.

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