La gremial de entrenadores de fútbol existe para proteger los intereses de quienes se dedican a esa profesión y se preocupa por la jerarquización de la misma cuidando que quienes la ejerzan tengan la debida idoneidad. A ese fin organiza un curso de un par de años, creo, y a quien lo aprueba le dan un carné que le permite salir al campo de juego con su equipo. Sin tal adminículo no se puede ser director técnico de un club afiliado a la AUF según convenio otorgado por la gremial. Nada que objetar al respecto. Pero de hecho hubo y hay excepciones a la regla. En 1998, no se sabe cómo, el Sr. Hugo de León —que no hizo el curso— consiguió el carné y dirigió a Nacional desde el mismo campo de juego. Ganó tres Campeonatos Uruguayos en cuatro, suponemos que no por efecto mágico del carné. Este año volvió a ser contratado por Nacional. La gremial advirtió que si le daban el polémico plástico paraba el fútbol. Pero De León igual firmó contrato y ejerce con éxito su profesión, sin carnet. Acaba de salir campeón del Torneo Apertura, y colocó a Nacional en las finales del Campeonato Uruguayo. Va por el cuarto en cinco. De catorce campeonatos en que lo dirigió, Nacional ganó diez. ¿Cómo dirige De León ahora? Pues recurrió a la tecnología: se instala en el palco o en la tribuna, ve los partidos desde arriba —que se ven mejor que al ras— y le da las instrucciones a Arbelo, su ayudante de campo por teléfono celular. Concretamente, De León ejerce activamente la profesión de Director Técnico sin haber hecho el curso, y nadie le puede impedir que lo haga. Y es ganador absoluto.
Esto es una ridiculez, un contrasentido. El técnico de Nacional ejerció su profesión en Brasil, país pentacampeón del mundo. También en el fortísimo profesionalismo mexicano. Puede dirigir en Argentina, en Europa, en donde se le cante, en cualquier país en donde se juega al fútbol, en serio. Pero aquí le exigen una comprobación de idoneidad. Como jugador con Nacional fue Campeón Uruguayo y de América. Varias veces seleccionado, fue campeón del Mundialito jugado en 1981 en Montevideo. En Gremio de Porto Alegre jugó años como capitán y titular indiscutido, verdadero ídolo de la parcialidad de la poderosa institución. Jugó en Santos, tuvo un pasaje por River argentino, jugó en Logroñés, en España, ya en el último tramo de su carrera. ¿Qué prueba de identidad le van a pedir para un oficio que conoce como pocos —que para cuyo ejercicio, además y sin pretender ofender a nadie, no se necesita ser enciclopédico y hasta yo me animaría a practicarlo sin hacer papelones— al director técnico más laureado del medio?
Entonces con lo ridículo hay que terminar y darle predominio a lo racional, lo cual no sólo siempre es posible, sino que además es saludable e higiénico. Entendemos plausible la intención de la gremial de entrenadores, pero todo se arreglaría si en su estatuto, o en el convenio otorgado con la AUF, se incluyera una disposición muy corriente en los estatutos de asociaciones civiles que prevén socios honorarios, así nombrados por los asociados a personalidades que haya prestado servicios relevantes al objeto de la asociación. En el caso se trataría simplemente de exonerar del requisito del curso a deportistas de actuación local e internacional reconocida. Aplicando entonces sentido común y buena voluntad, se corregiría ese mamarracho tan propio de la organización del fútbol uruguayo y se abriría también la puerta para que ese señor, que aquí se aburrió de ganar, algún día pueda dirigir la selección nacional.
Parece sencillo, pero se comenta que son otras las razones —que nada tienen que ver con el fútbol— para que alguien lo persiga a De León. Pero hoy, me está vedado decirlas.