El tema da para más

| Antonio Larreta

Con esa frase cerré mi última columna del domingo. Y aquí estoy retomando ese tema que no era otro que el énfasis que casi siempre he puesto en el trabajo de los actores como parte esencial del análisis de una película. Todo vino a cuento de dos sucesivas notas mías en que Ben Kingsley y Charlotte Rampling terminaban por resultar más determinantes que sus respectivos directores (Perelman, Ozon) en el balance final de Casa de arena y niebla y La piscina, respectivamente. Remonté el tema a unas afirmaciones de mi colega Ruben Cotelo caracterizando con generosidad mi antigua labor de crítico de cine y terminé confrontando dos reivindicaciones paralelas y no opuestas por necesidad frente a dos omisiones casi generales de nuestros críticos, derivadas, me atrevo a decir, por la influencia fascistoide de los "Cahiers de Cinema" en el último medio siglo: la confrontación de lo que llegué a calificar de "apostolado" de Homero Alsina Thévenet —quiérase o no el crítico de cine por excelencia, y subrayo excelencia— en su insistente enfatizar la impronta fundamental del productor (llámese Selznick o Korda) —y aquí no tengo otro remedio que repetirme— en el proceso de proyecto de casi toda película, incluyendo decisión inicial, planificación, ejecución, divulgación y por supuesto la que le es más tradicionalmente reconocida, la financiación, enfrentándonos así a la realidad del poder empresarial que sustenta el negocio y también el arte cinematográfico, mal que nos pese. Y les pese, directamente, a los directores. Yo me jacto de haber reivindicado otra impronta fundamental, la que proviene de la personalidad, el talento, el rostro, la mirada y la voz, en fin el aura de los actores. Cuidado. No he estado solo. Antes que yo lo hizo Ricardo Arturo Despouey y después y hasta hoy Jorge Abbondanza y los remito a cualquier crítica suya a propósito de un film de Jack Nicholson o Isabelle Huppert. Esa impronta, aventuro, no es menos importante ni menos ignorada que la otra, y tiene que ver más con la magia del cine que con la decisiva, práctica, técnica, elaboración y no es más que la transformación misteriosa del proyecto en algo que tiene su misma raíz lingüística: la proyección. Por eso el público, que para que se produzca el fenómeno del cine —y de todo arte— es quien lo percibe, participa, finalmente completa el momento mágico. Adivino dos instancias igualmente esenciales: al actor o la actriz frente a la cámara y al director, sus respectivas intuiciones alerta, la emoción fluyendo en el pequeño espacio compartido, y la otra: la imagen de aquello mismo recibida por el espectador solitario en medio todos los otros solitarios. ¿Acaso el cine es un arte de masas? ¿O de infinitos solitarios? Por supuesto, no estoy hablando de la magia mecánica de los efectos especiales, que provocan el aullido colectivo. Estoy pensando en el último plano de Greta Garbo en Reina Cristina (1934) , o en los planos finales de Harriet Anderson en Gritos y susurros, (¡estas suecas!), (1972) o en la cabeza de Ben Kingsley dentro de la bolsa de nylon (2004).

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