Auténticas soluciones

Desconocer que nuestro país afronta serios problemas, minimizar nuestras asignaturas pendientes o proyectar sin mayor fundamento la recuperación económica actual hacia los deseables niveles de desarrollo, implicaría una irresponsabilidad indisculpable. No incurre en ella el Partido, que por lo contrario asume en todas sus complejidades los desafíos de este Uruguay que vive, no se entrega, quiere librar las luchas que le devuelvan el futuro. Hay que desentrañar esas luchas y atacar los males que pesan sobre nosotros en sus núcleos de reproducción, para cambiarlos en logros y en capacidades. ¿Cómo identificar aquello que verdaderamente necesitamos?, ¿dónde encontrar las soluciones genuinas?

Algunos se vuelcan, al calor de la contienda electoral, a señalar "enemigos" de carne y hueso, o adversarios tan denostados que se asimilan a un enemigo o a todo un conjunto de enemigos. Nuestros problemas tienden, así, a convertirse en culpas de réprobos y conspiradores. De allí a las reacciones de exclusión y a modalidades persecutorias no media una distancia insalvable. Entendemos que esos compatriotas incurren en un grave error, cediendo probablemente al apasionamiento o a la tentación de las cosechas que exigen poco esfuerzo. No negamos que haya habido, en el pasado reciente, conductas censurables en determinados gobernantes y administradores; esas conductas deben recibir las sanciones correspondientes, porque no preconizamos ningún "perdonazo" ni nos parecen oportunas las políticas de borrón y cuenta nueva que pudieran imaginarse. Lo que rechazamos es otra cosa, es la imputación al voleo, usualmente dirigida contra categorías enteras, el cultivo de la irritación que se alimenta a sí misma y que puede recaer ciegamente en quienes no tienen responsabilidades o en algunos de los culpables arbitrariamente señalados. Lo que entendemos inaceptable es la división supuestamente ética de los orientales, con lo que significa en tanto ingreso a una espiral que gira al principio con escaso ímpetu y tiende luego a la virulencia de control dudoso.

Los problemas deben definirse de tal manera que unan a las grandes mayorías de la nación. Y sobre todo, deben plantearse en términos de sus respectivas soluciones, el conjunto de las cuales constituya un gran designio de convivencia, incluyente y solidaria. El pasado da lecciones, no soluciones. La acusación y el castigo de los culpables representan ejercicios legítimos de la conciencia, tanto en los individuos como en los pueblos, bajo la condición sin embargo de no volverse obsesivos. Sólo valen en los casos, en que los sostiene el sentido de justicia, que puede a su vez generar una sana indignación. Pero pierden legitimidad si alimentan rencores y fascinación por el ayer.

El programa del nacionalismo ofrece a todos los ciudadanos una propuesta de esa índole. Sin complacencias con los equivocados (menos aún con los que faltaron a la moral pública), está orientado hacia un mañana que comienza ya y que consiste en aquello que consigamos imaginar, dentro de las restricciones y las disciplinas ineludibles pero apto para entusiasmar y nutrido de una imaginación no sometida. En desarrollo, en descentralización, en ciencia y tecnología, en políticas sociales, en educación, en integración regional, contiene metas ambiciosas, complementarias, exigentes. Sin superministros ni rígidos encuadramientos burocráticos, abre a cada compatriota un puesto de labor y un campo de oportunidades, en la convicción de que el país nuevo viene de abajo porque lo hacemos entre todos.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar