No recuerdo si fue en el "Martín Fierro" donde leí que uno no puede irse de donde nunca estuvo. La frase resulta aplicable a la ocurrencia frenteamplista de desertar del neoliberalismo económico, en caso de que sus huestes alcancen finalmente el poder. O sea que nos proponen el abandono de una doctrina económica que, como tal, jamás se aplicó —ni de cerca— en nuestro Uruguay.
En un país en el que subsisten varios monopolios estatales y en el que para desarrollar distintas actividades comerciales y empresariales hay que superar un sinfín de vallas y obtener un sinnúmero de autorizaciones, ¿de qué economía neoliberal nos hablan? Aquí, para casi todo hay que obtener un permiso. O muchos permisos.
Vivimos inmersos en una maraña de regulaciones que asfixian y maniatan la iniciativa privada. ¿Cuántos certificados tiene que obtener y presentar una empresa constructora antes de iniciar una obra o de presentarse a una licitación? No somos, por cierto, de la escuela cervantina. Aquello de "Pocas pragmáticas, pero que se cumplan", no fue escrito para los uruguayos.
El Frente Amplio promete alejar al Uruguay de donde nunca estuvo. Es una de sus utopías. Claro que, para que esta resultara convincente, antes debió engatusar a mucha gente con el cuento de que los males del país se deben a una doctrina económica perversa: la neoliberal. Es aquello de Goebbels, sobre la mentira que, repetida cien veces, termina por transformarse en verdad. Aparentemente, añado.
¿Y adónde van, pretendiendo arrastrar tras sí al país todo, Vázquez y sus acólitos? ¿Es que realmente saben cuál es su meta, cuál será ésta en caso de acceder al gobierno? Porque, para saber adonde uno se encamina, primero hay que saber de dónde se viene. Cuál fue el punto de partida. Enseñaba magistralmente Irureta Goyena que "Un país que corta sus amarras con el pasado, es un país que se muere una vez en cada generación, que empieza y no continúa, que se olvida de lo que iba diciendo, que vive sólo en el presente, que es la manera de no haber vivido nunca y de no llegar a vivir jamás".
Para llegar a un gobierno democrático y legalista, respetuoso de la Constitución y de los derechos individuales —o humanos, como se ha dado en decirles—, hay que venir de la lucha por esos valores cardinales y sentirlos como convicciones pétreas. Para alcanzar un horizonte de fraternidad, hay que haber transitado antes —larga y firmemente— por los caminos de la tolerancia y del respeto a las ideas ajenas.
¿Están en condiciones de alcanzar esas metas, tan caras para la gran mayoría de los uruguayos, quienes espiritual e intelectualmente nunca estuvieron identificados con dichos valores? ¿Pueden garantizar el respeto a la Constitución y a las libertades públicas —que son las libertades de cada uno de nosotros— quienes en el pasado quisieron echar abajo nuestra Carta a sangre y fuego, eliminando "las seguridades del contrato", al sabio decir de Artigas?
¿Pueden asegurar que harán un gobierno democrático quienes en el pasado y hasta en el presente, durante décadas, han rendido pleitesía a cuanta tiranía marxista leninista ha existido en el planeta, que no pocas han sido y a cual más brutal y sanguinaria?
¿Podrán, desde el gobierno, conjugar el verbo de la tolerancia quienes siempre se nutrieron en la doctrina dogmática por antonomasia —el comunismo y sus alrededores ideológicas—, quienes confían más en la cultura del escrache que en la justicia administrada por nuestros jueces?
Conteste el lector, objetivamente, estas interrogantes, e imagine lo que podría llegar a ser, a corto andar, un gobierno del Frente.