Entretelones de la Boda Real

Rebar

La prensa, a través de sus tres poderosos afluentes comunicacionales —la escrita, la radio y la televisión (nombradas por orden de aparición en la historia)— desembocó en un caudaloso océano informativo relacionado con la boda de Don Felipe y Doña Letizia. Pocas cosas se han escapado de los buceadores de noticias, que respetuosamente se detuvieron a las puertas de la alcoba nupcial con un deseo de continuar informando que... ¡para qué les cuento! Pero, para mis amigos corresponsales del exterior, no hay barreras. Convocados esta vez en España por la magnitud del acontecimiento, me han hecho llegar ciertos detalles del mismo a los que se les ha dado poca o ninguna difusión. Son, en definitiva, aspectos que merecen ser conocidos por ustedes, que yo iré ordenando prolijamente, mientras hago público mi agradecimiento a Pepito Peteneras y Edward Támesis, que desde Madrid y Londres, respectivamente, me aportaron tan valiosa colaboración.

El lecho matrimonial. Mide 2.40 de largo, atento a la talla del príncipe. En principio, se había proyectado darle 2.60... pero Felipe prometió dormir sin el gorrete que parecía quedarle chico. Letizia ha declarado que no le molestarán las medidas del heredero al trono, aunque no la dejen dormir.

Carlos y Camilla. El Príncipe de Gales se tiró un lance y amagó presentarse con la emperatriz del bolígrafo, dueña de esa carucha tan particular que tanto desconcierta, porque nunca se sabe si va o viene. Pero, muy delicadamente, el Jefe de Protocolo que armó todo este rompecabezas, le dijo que si aparecía con la Parker lo sacarían en "camilla".

Otra de Carlos. El postergado monarca inglés fue ubicado en una de las comidas, al lado de Alberto de Mónaco. Son tan entretenidos los dos que, para divertirse, se pusieron a jugar un serio.

Una de la mamá de Carlos. Isabel II siguió las distintas ceremonias, a través de las pantallas de TV. Su furia fue creciendo a medida que surgían como hongos después de la lluvia, los más horrorosos sombreros femeninos que soportó la Humanidad en veinte siglos y pico. En un momento del desfile le protestó al otro Felipe: "Esto es una afrenta. No puedo permitir que haya sombreros peores que los míos"... (y eran muchos).

Educación de príncipe. Los niños tuvieron un par de templos amplios para emprender carreras, empujarse y patearse. Un hijo de una de las infantas (de sangre azul, él) en un momento dado le propinó un puntapié a uno de los sobrinos de Letizia (plebeyo, él) que será recordado por este cada vez que se siente, por el resto de su vida.

Asturianos. Llevaron la alegría de su música. Allí estaba —novio feliz— su príncipe. Uno de ellos, entusiasmado por el festín, le gritó: "¡Vamos, Felipe!... ¡Arriba la gaita!!!" Y le alzó el instrumento en gesto... ¿simbólico?...

Palacio. Los Reyes de España agasajaron a los invitados, en el Palacio de El Pardo. Un despistado, luego de recorrerlo en las cuatro direcciones, comentó: "Si habrá hecho guita Abbadie, para poder levantar esta casita".

Carolina de Mónaco. Anduvo sola, vestida de celeste, como para que Fossati la contratara de mascota para el partido con Perú, en que vamos a necesitar hasta de la bendición del Papa. Al verla, una mujer del público exclamó: "¡Qué mona!": y otra que estaba junto a ella, la completó: "Mona es la que se agarró el marido, que no pudo venir y se quedó en el hotel cantando "Los mareados".

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