El escote italiano

Miguel Carbajal

La masculinidad reconoce que no hay mujeres más hermosas que las italianas, llegado el momento de la competencia, pero tienen incorporado un sello latino que impide despersonalizarlas del todo. Hollywood logra contaminarlas, empequeñecerlas y en algunos casos anularlas, pero regresadas a su escenario de origen brillan de vuelta. Gina Lollobrígida fue un fenómeno irrepetible en los Cincuenta. Las promociones actuales se ríen de ese impacto. No pueden visualizarlo. Miran las fotos, o ven las películas de esa mujer con cara de muñeca, físico menudo y ojos tan inocentes que parecen vacuos y no entienden cómo sus antecesores se pudieron enamorar perdidamente de lo que para ellos es sólo un bibelot. Están muy lejos de los artificios de preguerra, cuando Marlene Dietrich, Isa Miranda y Arletty, desde diferentes fronteras, cines diferentes, pero un idéntico tonelaje de artificio, proponían modelos de seducción en las antípodas de los que aceptan los jóvenes de hoy. ¿Por qué no las rechazan y en algunos casos hasta las aceptan? Porque cualquiera de ellas blandía dosis de perversión que terminaban victimizando a los espectadores.

La Lollo era lo contrario. Cuando Gina se adueña del cine europeo, Hollywood está maniatado por las censuras del Código Hays contra las que Jane Russell embiste en El Proscrito con una rudeza digna de sus atributos y Marilyn Monroe elude con la desnudez de espalda, las pecheras de tul y ese monumento a la moral cuáquera que resultó ser el vestido blanco plisado que el pasaje del metro bajo la vereda levanta en forma aviesa en La picazón del séptimo año.

Océano por medio, la Lollobrígida usaba escotes hasta el ombligo y esa visión profunda tornaba exangüe a plateas cuyos sentidos eran paralizados hasta el rigor mortis. La italiana con cara de nena y pechera de mujer era la fórmula ideal para el morbo. Pero sólo en el cine. En la vida real destellaban las carencias: el kilaje escaso, las piernas flacas como palitos y un déficit de caderas imperdonable en una italiana. Todo eso quedó documentado cuando la Lollobrígida visitó Buenos Aires y fue recibida con ojos decepcionados por Perón.

Gina ya es un mito en escombros cuando se realiza el Festiva de Sestri Levante con sus extrañas formalidades. En la muestra figura una película de Isabel Sarli que curiosamente parece una travesti en medio del páramo. Son esos milagros del cine. Pero la reina del destape porteño, entonces, María Aurelia Bissuti, se escapa de Roma, adonde está de visita, y repite la escena en el café de Los de la Mesa 10 que hizo de ella un artículo de culto de la industria fílmica argentina. Causa escozor, aunque no se puede decir que use escote y los escotes habían caído algo en desuso porque la Bardot gastaba los vicios de Hollywood de mucha promoción y mucho ruido y la Loren causaba estragos hasta con el vestido puesto. Tampoco había actrices italianas en Sestri. Sólo estaban permitidas las francesas (¿por qué?) que fotografían muy bien pero no encandilan a nadie en lo personal. Hacer un festival en Italia sin aprovechar el brillo de las actrices italianas era un desatino. Pero la Loren llegó el último día sin ser invitada, demostró una vez más que lo de Gina fue una alusión fugaz y que lo suyo no pasa por la cámara sino por todos lados, como sucedía en las pestes medievales. Y la Loren mata.

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