Hace apenas dos años nadie se hubiera atrevido a imaginar una cosa así. Por lo pronto, cundía la espantosa fama de la Ciudad Vieja como sitio peligroso, inaccesible, no sólo por la gente que se decía la habitaba sino también por su oscuridad, su falta de seguridad policial, sus males endémicos. Hace algunos años, pocos se hubieran atrevido a surcar Bartolomé Mitre después de una función en el Solís o de una cena en un restaurant vecino, pero el fenómeno de la zona ha sobrepasado los límites de la imaginación. Ahora, y desde hace un año y poco, se va a la Ciudad Vieja, más expresamente a la calle Bartolomé Mitre, porque allí está la movida, no solamente nocturna.
REBOBINANDO. Todo empezó con el auge de la vecina y discreta Bacacay, esos cien y pico de metros que guardan la memoria colonial y el encanto de los culs-de-sacs parisinos y sobre los cuales el tiempo parece haberse quedado para siempre. Esa cuadrita abandonada y dejada de lado empezó a conocer su renacimiento cuando varios comercios exitosos, particularmente gastronómicos (Panini’s, Roma Amor, el antiguo Vazquito) oficiaron de campanillas de atención a los montevideanos hambrientos y sobre todo a los buscadores de nuevos ángulos de la ciudad. Así fue cómo la cuadrita se abarrotó de otras provocaciones (librería, rincón de souvenirs, snacks) que obligarían hasta a los más miedosos a intentar un safari por el casco histórico tan temido. La fórmula no podría haber sido más exitosa.
LA VECINA. Tampoco podría haber sido tan envidiada. Es así que su paralela, a un suspiro de distancia, empieza a desperezarse y a pensar que se puede copiar el ejemplo. De esa manera, la cuadra de Bartolomé Mitre entre Buenos Aires y Sarandí empieza a dar pequeños gérmenes nocturnos (Arroba es de los primeros, sino el primero) y poco a poco se van engarzando otras provocaciones a la cuadra. No todo queda ahí: toda la vereda este termina totalmente colmada por boliches nocturnos (pubs, cafés-concert, bares) y eso no le alcanza: cruza Sarandí y así aparecen monumentos como el Pedemonte y sus célebres sandwiches, el Cabildo como rey rockero de la madrugada, amén de anticuarios y restaurantes nuevos y viejos que se pliegan a la virulencia de la zona. El remate final fue dado hace un mes, cuando el BID inauguró su sede montevideana sobre la memoria y las estructuras del legendario Hotel Colón, una joya monierista en la esquina de BM y Rincón. En su momento, El País se ocupó detenidamente sobre este fenómeno urbano sin antecedentes en la ciudad, pero hoy ha debido insistir en el tema ante la imparable invasión de la antigua Calle Entera, que acaba de extender sus tentáculos de provocación hasta la calle 25 de Mayo. Más restoranes, más bares, más boliches, más anticuarios, en una sucesión que promete llegar hasta la rambla 25 de Agosto.