Estar muy atentos

Vivimos tiempos de definiciones. Organizaciones y personas vienen negociando temas de suma influencia en la calidad de vida de las personas. Y aunque para la mayoría de la gente esas instancias pasan desapercibidas, lo cierto es que están ocurriendo para bien o para mal de los pueblos.

¿Qué puede ser tan crucial? Ni más ni menos, nos referimos al uso y gestión de la diversidad biológica. Aunque pueda sonar como un asunto más académico y técnico que práctico, resulta sencillo vincular a los ecosistemas y las especies a la calidad de vida a la que pueden acceder las comunidades de todo el planeta. No se trata solamente de los recursos naturales de extracción y uso directo como la madera, el agua o los peces, sino también de una gama interminable de productos derivados del conocimiento científico y el desarrollo tecnológico actual que inciden de forma contundente en la salud y el bienestar de las personas. Pero, las reglas de juego cambiaron.

La globalización, y el "achique" del mundo provocado por el desarrollo espectacular de los medios de transporte y de comunicación, son factores que han traído muchas ventajas, pero también problemas. El comercio de mercaderías consideradas antes exóticas es un buen ejemplo del creciente fenómeno de la internacionalización cultural, extendido en todas direcciones. Pero, uno de los coletazos negativos a corregirse y resolverse es el de la propiedad intelectual de los bienes derivados de la diversidad biológica. Por fortuna la humanidad cuenta con el Convenio de Diversidad Biológica en plena vigencia. Este marco legal sentó las bases para una nueva relación entre los pueblos del planeta. Desde luego, con acuerdos muy bien redactados no alcanza. El desafío es transformar en hechos y acciones todos esos conceptos. De lo contrario es solo letra muerta. ¿Dónde están los puntos críticos? En primer lugar, la asimetría política y económica existente entre los países ricos y los pobres, es un obstáculo muy grande, pues a la hora de las negociaciones ya se sabe quién tiene, casi siempre, la última palabra. Ello explica por qué si las grandes riquezas en recursos naturales y en conocimiento tradicionales están en las naciones en vías de desarrollo, son las otras las que se enriquecen con su explotación y venta.

Para no perder la perspectiva de este complejo asunto nos centraremos en dos aspectos: la propiedad intelectual y el comercio. La calidad de vida de la gente está apuntalada en campos como la medicina, la farmacología, la alimentación, la industria y la biotecnología. Tener el dominio de ellos significa dirigir los destinos de los pueblos. Entonces, si logro ejercer el control de los recursos genéticos a través de la propiedad intelectual, también dirigiré el flujo comercial a gran escala. El resultado es acumular riqueza en muy pocas manos. En el otro rincón del cuadrilátero están millones de seres humanos, anónimos, indefensos y necesitados que, aunque han sido hasta ahora los responsables de la administración de esos recursos naturales, de pronto podrían quedar excluidos, no solamente de los beneficios de su explotación a gran escala, sino hasta de su propio uso. Enfrentamos por tanto un gran desafío: el de la equidad y la justicia.

Hay que comprender el alcance del concepto general. Hablando de diversidad biológica, la propiedad debe ser colectiva y nunca individual. Su gestión debe respetar sin concesiones los principios de la conservación, pero incluyendo aspectos fundamentales como la transferencia tecnológica —alcanzada por consenso entre las naciones vanguardistas y el resto—, y la valoración del conocimiento tradicional como uno de los basamentos de la conservación y el uso sostenible de los recursos. Por ahora la herramienta que más debemos popularizar es el convenio de la diversidad biológica.

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