Trompudo deprimiedo

Rebar

En alguna oportunidad conté en esta columna la romántica historia de la mona "Canuta". Cedida en préstamo por la dirección del Zoológico para actuar en la Troupe Ateniense, interpretó un número de variedades con Arturo "el Mono" Filloy, que se constituyó en la gran atracción de la famosa agrupación estudiantil a mediados de los "twenties". Al finalizar la temporada y volver a su "hábitat" en Villa Dolores, "Canuta" entró en una profunda tristeza: no hacía una sola monería ante los visitantes, ni siquiera los niños; rechazaba la comida con el gesto de un ser humano, y se acurrucaba en un rincón del jaulón de los simios con la mirada lánguida, perdida... De nada valió la atención del médico veterinario, que la asistía con particular cariño. "Canuta", físicamente sana, enfermó del alma; y, finalmente, según el profesional, murió de amor. Extrañaba a su "partenaire", que le hacía mil mohines a la luz de las candilejas, intercambiando acrobacias entre el escenario y los palcos bajos, premiadas por estruendosas ovaciones. Las sombras y el silencio de las noches del Zoo, la derrumbaron.

Me permití una breve reiteración del relato, porque en cierto modo está emparentado con un episodio acaecido en Santa Fe (RA) del que informara un despacho de AP publicado por El País días atrás.

En esa provincia argentina, rigen normas muy estrictas para proteger a los animales que "trabajan" en espectáculos públicos. Debió ignorarlas el empresario de un circo que tendió sus carpas y se aprestaba a debutar "con su extraordinario elenco y la más fascinante exhibición de acróbatas, clowns y fieras domesticadas". Como ocurre casi siempre, uno de los créditos para asombrar al público era... ¡el elefante! Pero, horas antes de la primera presentación, se apersonó un representante de la autoridad competente ("Ha llegado un inspector", tal vez) y respaldándose en varios agentes policiales marchó con el "trompudo" a la comisaría. En el lugar, recalan de tanto en tanto los actores de una trifulca a "trompazo" limpio, pero nunca se había dado el caso de que ingresara un paquidermo con semejante trompa. (Una escena digna de aquella comisaría del pueblo de Paquito Busto).

El tema es que, ahora, el elefante no quiere hablar con nadie... está echado —deben tener un buen espacio al fondo— y a pesar de que los policías lo cuidan como si fuera un bebé, el mastodonte no sale de su depresión.

"Extraña el circo", asegura el dueño del negocio. "Fue un error no dejarlo actuar: nada puede provocarle daño y, en cambio, los aplausos del público y la diversión de los chicos le dan vida".

Por ahí andaba un tipo que se jacta de leer los pensamientos y los sentimientos de los animales, con sólo mirarles a los ojos: pidió para hablar en privado con el comisario. Concedido. Entró y dijo, apenas:

—Seré muy breve, señor comisario. O sueltan al elefante... o le consiguen una elefanta.

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