Cultura celular

Vamos bien. Enrique Iglesias ratificó con su autoridad hace pocos días el repunte de nuestra economía, que calificó de "espectacular", al amparo de una coyuntura favorable y de medidas acertadas del gobierno, aunque el señor Viera diga que se trata tan sólo de un "salto". Creceremos por encima del promedio regional. En el plano electoral, se perfilan en ascenso los partidos tradicionales, especialmente el Nacional, y en su seno especialmente Larrañaga, que está recuperando a blancos que habían emigrado. En el Frente Amplio ya están cortando bulones y todavía sobra tiempo para que sigan haciendo y diciendo macanas. Además, la mano que le dio al buen sentido del país el diplomático norteamericano Griffith, cuando aseguró que un eventual gobierno de Vázquez lo sería al estilo Lula, es de un valor inconmensurable porque justamente a Lula su gente le reclama a gritos que dé un vuelco hacia la izquierda. Todo esto fue siempre y es tan lógico como previsible. Nuestra gente, y sobre todo en el sector del voto no cautivo, del voto pensante que es el que va a definir, no es tonta.

Además nos está llegando la tecnología universal de punta. Aparecieron y están a la venta unos aparatos de telefonía celular que sacan fotos, hacen de correo electrónico, filman videos, qué sé yo, les falta hablar. Al mundo lo están invadiendo con demasiadas variables para el esparcimiento tonto. No hace tanto, un guiso con un celular hacía ostentación de su propiedad, y hoy el que no tiene uno, es un paria o un incomunicado. Reconozco su utilidad para llamar cuando tengo necesidad, en la misma medida que lo aborrezco cuando suena.

Pero sólo es un teléfono, para otros menesteres el hombre creó otras cosas. A este ritmo no va a faltar mucho para que aparezcan teléfonos en los que según el botón que se toque van a salir pastillas sintéticas, con gusto y todo, de milanesas a caballo, chivitos con panceta, húngaras, panchos con mostaza y hasta preservativos. Pero lo que hoy quiero resaltar, es la realidad de una cultura generalizada que para el bien de todos nosotros se está imponiendo en el país con el uso de los celulares. Obsérvenlo y me dirán si no tengo razón. Sabido es que el costo de la llamada desde y hacia un celular, está en las nubes. Quien no se cuida, si hace números, observará que es tanto o más caro que comer carne o tomar remedios para los lípidos, que es muchísimo decir. Entonces ha salido a aflorar ese sentimiento tan valioso que es patrimonio de nuestra gente, la solidaridad. Cuando uno necesita con urgencia localizar a una persona y lo llama a un celular, si quien recibe la llamada está en un sitio con un teléfono fijo, se lo advierte para que no gaste de más. Rara vez se pide un celular prestado para usarlo, es como el caballo, la guitarra y la mujer en el campo, que no se le prestan a nadie, pero por otras razones. En este caso la finalidad es la de cuidarle el bolsillo al prójimo.

Es esa misma solidaridad que nace espontáneamente entre los automovilistas cuando le hacen señas a los que vienen de frente para informarlos que atrás de la curva están emboscados los zorros grises. No importa averiguar a quién se le está haciendo el favor, la gauchada surge espontáneamente, por mero espíritu de colaboración, diría que hasta por educación. Como el clima de tolerancia en que se ha debatido —salvo algunos excesos impropios de quien se excedió— el tema del aborto, son ejemplos que ponen en duda la tesis de las dos mitades irreconciliables en un solo país porque hay argumentos para sostener que integramos una sociedad que se quiere, se respeta y se protege a sí misma más de lo que muchos creen.

Da gusto por lo menos creer que es así.

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