Cuestiones del momento

Hoy casi no hay bares. Menos aun hay bares de parroquianos, en el sentido —"familiar" según la Real Academia— de personas que acostumbran a servirse en un mismo lugar con preferencia a otros. De reyertas ni se habla. Y sin embargo, se multiplican las cuestiones del momento. Más aun: la vida entera nos es presentada, en glorioso tecnicolor, como una sucesión inconexa de cuestiones del momento.

En aquellas crónicas policiales sobre vecinos que tomaban copas de más en la atmósfera de Carlos Gardel, venía un relato de riña o lesiones, concluido por el natural sometimiento de los involucrados al Juez. Con ello, el lío del instante quedaba situado ante la ley y la inspiración de justicia, es decir, ante la mirada acumulada de los siglos. Pasados del mostrador a la comisaría, a aquellos perplejos protagonistas los visitaban, juntos, Aristóteles con su sentido de la esencia y el argumento, Montesquieu con su separación de poderes, la Enciclopedia con su defensa de la persona y Kant con su sentido del deber. Y a las familias, mientras se preguntaban cómo pudo ser, las visitaba la fe. El casual error de conducta se redimía, identificándose con la legalidad de afuera y de adentro de la conciencia. Al pobre tipo al que se le había ido la mano, el minuto le quedaba recostado contra la eternidad.

Hoy, las cuestiones del momento parecen tener diferente destino. Anestesiados a golpes de noticias mundiales atroces pero fugaces y no reflexionadas, convertidas las cuestiones que son de puro Derecho en espectáculo mediático, exhibidos los temas de la Constitución como simples enfrentamientos de tozudos, relativizados todos los valores y descaecidos los deberes incondicionados, suprimido el sentimiento, el momento manda. Con lo cual el hombre abandona la esencia que le torna inteligible para su prójimo, declina hasta sentir que es una mota de polvo cósmico de existencia fortuita, y, encerrado cada uno dentro de un "sí mismo" sin sentido, queda a merced de propagandas vacías o de planteamientos autoritarios o totalitarios que sustituyen la lucidez conceptual de la ley por la promesa de funcionalismos asegurativos y protectores infestados de semillas fascistas.

En otras palabras: convertido el mundo en barrio, la globalizada parroquia en que vivimos nos impone una ebriedad colectiva mucho más dañina que la que por un rato extraviaba al pobre parroquiano que iba a parar a una celda.

Viviendo desde ideas que sólo pretenden explicar su propio tiempo, por devorarnos tradiciones y no servir más que el instante, terminamos bajándonos de toda grandeza, renunciando a toda inspiración y sustituyendo la majestad del deber con el pactito de entrecasa. Y todavía, por creer en la economía más que en la cultura y en la eficiencia funcional más que en la calidad del proyecto y la profundidad del concepto, terminamos comprobando que sin hombre no hay triunfo.

Pero como nos damos cuenta de que todo eso nos achica la vida porque nos acorta la mirada, viendo a dónde nos lleva el fraccionar la existencia como una sucesión de instantes inconexos, de adentro nos renace la certeza de que las cuestiones del momento no son sólo del momento. Desde el "esto también pasará", que fue lema de Abraham Lincoln, saltamos a la sed de permanencias, de convicciones, de espíritu, sobre las cuales debemos recimentar al Derecho y a la persona.

Es que con el Derecho reducido a pujas que son externas a sus valores y procedimientos y con la persona vaciada de compromiso moral, no hay sentimiento de norma al que adscribir a las nuevas generaciones ni civismo que sustente la democracia ni sentimiento que anime a la convivencia. Y eso sólo pueden quererlo los grandes extraviados...

Escrito lo que antecede —se me escapó otro giro del diarismo clásico— reabro "Derecho Administrativo - Permanencia, Contemporaneidad, Prospectiva", reciente obra cúlmine del entrañable Prof. Dr. Mariano Brito. Allí reencuentro estas citas de Cicerón: "Lo que necesitamos explicar es la naturaleza misma del derecho, y debemos irla a buscar a la naturaleza del hombre". "El derecho no lo establece la opinión sino la justicia".

Me siento honrosamente acompañado. Sobre eso no hay encuestas ni pirotecnias de relacionistas públicos sino conciencias en lucha por el Derecho. Como enseña la mejor experiencia de los siglos.

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