Oro y plata

Pese a que los bancos centrales han preferido vender sus barras de oro que una vez les dieron respaldo y garantizaban el valor de la moneda circulante de cada país, el fascinante metal continúa teniendo valor primordial en las cotizaciones mundiales, en los montos de riqueza individual y en las reservas de los países que siguen reteniendo volúmenes importantes del valioso y amarillo elemento, cuya posesión movió tantas ambiciones, financió tantas guerras, forjó empresas descubridoras o acaparadoras, desencadenó la "fiebre del oro" en California y sigue siendo "elemento de confianza" a largo plazo entre las monedas del mundo.

Se ha calculado que si se reuniera en una sola masa a todo el oro de la Tierra se fundiría en un cubo de 19 metros por lado con un volumen de 6.500 m3. El metal precioso ha fluctuado en su valor. En 1971 el Tesoro de los Estados Unidos lo había fijado en 35 dólares la onza, pero en 1980 llegó a valer 850 dólares para bajar a fines del 2003, a 417 dólares.

Si bien ha perdido el oro su condición oficial entre las monedas del mundo, sigue siendo atesorado por muchos bancos centrales, incluido el Banco Central Europeo. Se calcula que todo el oro encontrado hasta hoy da un total de casi 50.000 toneladas, de las cuales un 10% lo tienen ciertos bancos centrales mientras el 90% restante se utiliza en la industria, por ejemplo en los perforadores de petróleo, o está atesorado por particulares en monedas o en joyería.

Todavía hay bancos que consideran al maleable y codiciado metal como un signo de soberanía monetaria. Rusia y China lo siguen conservando entre sus más preciadas reservas.

Desde la antigüedad el oro fue sinónimo de poder y realce de belleza. Midas, rey de Frigia, logró de Baco el poder de trocar en oro todo lo que tocaba. Homero describe el oro que fuera el tesoro de Troya, y más tarde el mismo Schliemann descubriría el áureo tesoro de Micenas. Los restos de Filipo de Macedonia se conservaron en una caja de oro y del mismo metal fueron las máscaras de los faraones egipcios como Tutankamon.

En el siglo XVI entró a figurar en la economía mundial el oro de América. El rescate que pagó el Inca Atahualpa al conquistador Pizarro, previa firma ante escribano de que éste le daría libertad si llenaba la habitación de objetos de oro, fue un fabuloso total de cinco millones de pesos de oro, según el historiador Juan Ruiz de Arce, avalado por el Conde de Canilleros. Según Prescott, basado en Jerez y dicho por Clemencín de la Academia de Historia de Madrid, el tesoro valía 1.500 millones de dólares en 1985. Lamentablemente Pizarro hizo fundir las maravillosas piezas de orfebrería. En la quinta parte para el rey de España constaba una planta de maíz de porte natural con mazorcas de oro y hojas de plata y una pila con hebras de oro que movían las alas de un pájaro. Los incas decían que el oro era "sudor del Sol" y la plata "lágrimas de luna". El cronista Cieza de León diría que el rescate de Atahualpa era del "gran señor que mandaba la región más llena de metales y más rica que hay en el mundo".

Tal fue, en plata, el venero de riqueza de las minas de Potosí y, el mismo Cieza, dice que "se sacaba cada sábado el quinto para el rey de treinta mil pesos y en tres años serían más de tres millones de ducados, cada uno de valor de once reales de vellón que era la aleación de plata y cobre".

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